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I’m a Bird Now (2005), su segundo disco, se convirtió en un éxito internacional, tanto por la calidad de las composiciones como por la extraordinaria forma de interpretar de Antony, conmovedora al máximo. Sus presentaciones se multiplicaron, así como también las invitaciones para colaborar con otros artistas. Fue convocado por Björk, CocoRosie, Matmos, Marc Almond y Marianne Faithfull, por mencionar algunos, para insertar su voz en temas ajenos. El cantante aprovecha la edición de cada disco suyo y la convierte en una oportunidad única para mostrar obras de arte. Es por ello que elegió una fotografía de su admirado Kazuo para ilustrar su tercera producción, titulada The Crying Light en recuerdo de cuando el actor japonés se ubicaba en el centro de aquel haz de luz en el escenario y “dentro de ese círculo revelaba los sueños y meditaciones de su corazón. Parecía bailar ante algo misterioso y creativo. Con cada gesto personificaba la divinidad del niño y de la mujer”. Como es característico en él, los nuevos temas emanan de un hombre que interpreta desde una óptica y sensibilidad femenina; son canciones de alguien que ha sufrido y no se avergüenza de ello. Pertenece a la estirpe de los sobrevivientes. A diferencia de I`m a Bird Now, que fue un disco de un hombre desbordado sobre sí mismo, The Crying Light (Secretly Canadian, 2009) es menos trágico y sobredramatizado; aquí la forma de cantar está más contenida, existe mayor reposo pero no menos emoción, ya que en esta entrega no todo es tristeza, hay también algunos momentos un tanto luminosos. Puede considerarse la obra de un artista y un ser humano más maduro, reflexivo y en pleno dominio de sus facultades físicas y del oficio. Por momentos el disco late –casi literalmente- como un corazón; se siente orgánico, completamente vivo. Se trata del mismo artista, de la misma persona, pero algo ha cambiado en su trabajo para bien. “En mi disco anterior, todas las canciones formaban parte de un diálogo interior en el cual analizaba mi relación conmigo mismo y con mis seres queridos más cercanos. Ahora he buscado ampliar horizontes y ver cómo es mi relación con el mundo que me rodea”, dice. “Utilizo elementos de la naturaleza para reflejar el estado de mi mundo interior y busco en el entorno respuestas a mis preguntas. Porque siento que no tengo una madre, sino dos: el planeta es mi otra madre, la artista más sublime del universo. Crecí sintiéndome muy distanciado de todo lo que me rodeaba por la educación católica que recibí, pero ha llegado el momento de poner las cosas en su sitio. Que sea una persona transgénero no tiene por qué impedirme sentir que este mundo es mi hogar”. La escucha de este disco es un experiencia que traspone la medianía, que deja una impronta en el alma, más allá de la fibra nerviosa que toque Anthony en cada persona, ya que el espectro sentimental es amplio: “no hablaría de tristeza o de melancolía al referirme a la esencia de mis canciones; prefiero hablar de sentimiento, que es un término más flexible y el centro de mi vida y mi obra. Puedo estar al borde del llanto cuando interpreto un tema pero a la vez, en mi interior, sentir cierta alegría o una sensación de revelación placentera”. |
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Cuando la luz puede llorar El desgarrador canto de Antony and the Johnsons Por Juan Carlos Hidalgo |
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Durante su infancia y adolescencia, Antony Hegarty cambió constantemente de residencia; dejó a su natal Inglaterra para trasladarse a Norteamérica, primero a San Francisco y posteriormente a Nueva York. En cada sitio tuvo que ir construyendo su identidad sexual, pues se apartaba de los cánones establecidos. En una ocasión, tuvo oportunidad de asistir a una presentación del creador de la danza butoh, Kazuo Ohno. A pesar de su avanzada edad, el japonés conseguía una gran estilización de movimientos y durante su acto fundía lo masculino y lo femenino en una sola imagen, para rechazar los estereotipos físicos. Colocado en el centro de un círculo de luz, el maestro interactuaba con el universo y emanaba una sutil energía y enorme plasticidad. El joven Hegarty quedó impactado por ese sofisticado y casi fantasmagórico personaje, por lo que compró el cartel del evento y lo colocó en su recamara. Durante años, aquella imagen se convirtió en la inspiración para un artista que volcaba sobre el piano y la voz las vivencias de una existencia atormentada. Ohno siguió recorriendo los escenarios hasta muy avanzada edad. Murió en 2006, a los ciento dos años, y su arte –creado en la década de los cincuenta- fue una expresión de rechazo y oposición a las costumbres y normas sociales impuestas por Occidente. Es por ello que Antony Hegarty lo considera su padre artístico, además de haber sido influenciado también por Boy George. Cuando está creando, Antony se convierte en un ser humano que expresa de una manera bellísima y contundente el dolor; su canto llega hasta lo más profundo de la médula. Se muestra como un crooner proscrito que al presionar las teclas de su piano también toca las zonas profundas de la sensibilidad. Por medio de su voz quebrada, comparte pedazos de vida –real e imaginaria- vueltos canción. Fue Lou Reed, icono de la revuelta sexual y el rock, quien le brindó el apoyo para dejar las tabernas y bares de poca monta e insertar sus actuaciones en galerías y salas de prestigio. |
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