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Por Avelina Lesper
Beauty is a cruel mistress, is it not?
Oh, beauty is a beguiling call to death and i'm addicted to the sweet pitch of its siren.
RocknRolla.
Catherine: This is an elegant crime, done by an elegant person. It's not about the money.
Detective: So, who steals a Monet, just to not sell it?
Catherine: A Monet lover.
The Thomas Crown Affair.
En mayo del 2003, a las cuatro de la madrugada, fue robado del Museo Kunsthistorisches de Austria el salero de oro y ébano de Benvenuto Cellini, realizado para Francisco I de Francia. Tiene un valor actual de cincuenta y cinco millones de dólares y fue recobrado por la policía en 2006. Se trata de una de las piezas que el FBI, en su división de Art Crime Team, tiene registradas en su top ten. Ahí también está la Madonna del Huso de Leonardo, robada en 2003 del Castillo Drumlanrig, en Escocia, y valuada en sesenta y cinco millones de dólares. En dicha lista se encuentran asimismo las obras robadas del Museo de Isabella Stewart, de donde se llevaron La Tormenta en el mar de Galilea de Rembrandt, El Concierto de Vermeer, un autorretrato de Rembrandt y el Chez Tortoni de Manet. Todas ellas suman un botín calculado en trescientos millones de dólares.
El robo de arte es uno de los negocios ilegales más lucrativos. Se calcula que mueva más de cuatro mil millones de euros anuales. En el sitio web de Interpol, la lista del total de objetos artísticos robados suma unos treinta mil. Este robo tiene varias vertientes. Por un lado, están los ladrones patológicos que se obsesionan con determinadas obras y las roban para mirarlas y tenerlas cerca. Sin embargo, los más frecuentes son robos para coleccionistas, quienes como saben que son piezas invendibles que jamás podrán exhibir y que les supone el riesgo de acabar en la cárcel, contratan los servicios de expertos y mandan por la obra que desean.
Esta necesidad irreprimible de poseer una obra es una de las pasiones que despierta el arte. Los que tenemos escrúpulos y no contamos con dinero para pagar esos crímenes, vamos a los museos y vemos decenas o cientos de veces la obra que nos posee, que amamos y soñamos, la compramos en un libro o en una postal y la colocamos cerca de nosotros. Lo que es sobresaliente en este millonario mercado ilícito son las preferencias de los coleccionistas y los obsesos. Según Art Loss Register, el artista más robado es Picasso, con setecientos diez objetos entre dibujos, grabados, pinturas y cerámicas. Le siguen Miró, Chagall, Dalí, Durero, Rembrandt, Van Gogh, Warhol y Renoir.
Si analizamos la lista de robos, podemos destacar una cosa: al arte conceptual nadie se lo roba. Ni por error. Nadie hasta la fecha ha arriesgado su vida por los condones usados de Tracy Emin o la Silla de grasa de Beuys o el urinario que se supone que es un ícono del anti arte. El más cotizado Damien Hirst, con el gran alarde de su cráneo cubierto de brillantes que ningún joyero ha podido certificar, no ha sido ni remotamente víctima de robos y eso es sorprendente, porque si se supone que el concepto es el que da valor a las obras, los ladrones deberían creer que robarse una pila de zapatos usados es un buen negocio, porque está en la Bienal de Venecia y porque el curador creó un contexto que
le da valor. Pero no, no se los roban. La excusa podría ser que los autores están vivos, pero Duchamp no lo está y nunca lo han robado y muchas obras fueron hurtadas con los autores en vida, como es el caso del Retrato de Bacon hecho por Lucian Freud y que no ha sido recuperado.
Esto me lleva a concluir que en el momento en que alguien va a violar la ley por tener una obra de arte, no cree en el contexto o en el valor del discurso del curador, cree en el objeto, en lo que se lleva. En otras ocasiones, estas obras las usan los ladrones para chantajear a las aseguradoras, como se sospecha que fue el caso de los robos de Munch: secuestran el objeto y lo regresan a la aseguradora por una parte del dinero que tendría que pagar a los afectados. Pero volvemos a lo mismo: ¿por qué no se llevan las cajas de cartón, los ensambles de muebles rotos, las instalaciones con desechos? Si se trata de chantajear, cualquier objeto que esté en un museo ya tiene un valor implícito y estas obras conceptuales son súper cotizadas. La conclusión es que a los ladrones a gran escala no les gusta este antiarte, pues no demuestra valor
en sí mismo y no merece la pena arriesgarse por él. Son obras que tienen su valor en el contexto y en el discurso, ambos intangibles, y nadie puede llevárselos. Las obras, una vez fuera del museo o las galerías, sin el amparo de estas instituciones, son simplemente desechos, cajas de cartón y muebles rotos y lo más serio: a nada y a nadie representan. Robarse un Leonardo significa algo irrepetible, único, y es una parte insustituible de la historia y la civilización. Llevarse una instalación de bidones de plástico significa absolutamente nada.
Esto es un aliciente para los museos de arte contemporáneo y galerías ultra modernas: no tienen que gastar en sistemas de seguridad, sus colecciones no despiertan pasiones o sentimientos negativos como la codicia, tampoco invitan al delito y no son son moneda de cambio entre mafiosos. Relájense, nadie va a entrar jamás a llevarse sus obras, pueden dormir tranquilos y dejar de pagar a las aseguradoras. Los coleccionistas de antiarte pueden dejar de tirar el dinero en bodegas y seguridad, ningún ladrón va a despojarlos. Este antiarte les da la garantía de que pueden reponer la pieza sin que se note la diferencia. Ya saben: en la basura está el repuesto.
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