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Por Avelina Lesper
El siglo veinte es el siglo del gran error en el arte, de la gran equivocación, el mal entendido de convertir lo banal e intrascendente en perpetuo, de confundir al ingenio rápido y fácil con la reflexión profunda. Con el inicio del siglo pasado comenzó la etapa más torpe y mediocre de la creación y la visión artística. En 1917, Marcel Duchamp hizo del sentido del humor la nueva filosofía, de la ocurrencia un aforismo y de la supuesta falta de comprensión del público su máxima. Al llamar a un urinario Fuente, Duchamp inventaba el anti-arte, una pieza destinada a destruir al arte. Esta invención fue mal interpretada como una osadía estética y los teóricos y curadores la instauraron como canon del arte. Este fue el primer error: afirmar que una obra anti artística era arte y situarla en el contexto impropio: el museo.
Aquí el error no se detuvo. Con la invención de Duchamp, el ready-made, se desencadenaron varios malos entendidos. El primero fue no comprender ese término. En la sociedad de consumo, un ready-made es un objeto que nos libra de pensar, está listo para usarse, no requiere de esfuerzo alguno, intelectual o físico, de nuestra parte. Si es una sopa, la comes de inmediato; si es aparato, no necesita que leas las instrucciones, lo usas y ya, listo. Los ready-made artísticos son un compendio de contradicciones. A pesar de su simpleza e inmediatez, requieren de una “gran reflexión”. Primero por parte del artista, a quien le toma pensar exhaustivamente entre elegir una botella de plástico o sus zapatos o revisar el contenedor de basura de su calle. Por si eso fuera poco –algo que con sólo verlo tendríamos que asimilar de inmediato las ideas trascendentales, enigmáticas y profundas del artista–, necesita de las explicaciones exhaustivas del curador, sus interpretaciones y otros desgloses. Se supone que está listo para usarse, no sólo para evitar el trabajo del artista, a quien le basta elegir cualquier objeto de su casa y convertirlo en arte, sino para que el espectador lo aprecie sin trámites intelectuales que impidan el acceso a la comprensión de la obra.
De ahí surgió el otro error: creer que si Duchamp eligió un urinario, alguien podía ahora elegir una silla, un bote de limpiador o lo que sea y también convertirlo en una obra. El ready-made inició y terminó con el primer objeto, nada que lo imitara o que continuara sobre esta dirección puede ser incluido como obra. Duchamp, al elegir un urinario, estaba eligiendo un objeto y esto resume a todos los objetos existentes, éste es el único que puede ser una obra. Las demás montañas de objetos que han surgido después de este Adán de la invención son discursos redundantes, repeticiones inútiles que no aportan algo. Creer que un refrigerador es diferente que un urinario es carecer de todo entendimiento de la propuesta. Se trata de que ya “es” un objeto y para ese término todos los objetos son iguales. Sumar cosas no hace más grande a la propuesta, la hace repetitiva hasta el aburrimiento.
De ahí se desencadenó el otro error: creer que esto es arte. Negar la proclama del anti-arte
iny_mce/themes/advanc<script type="> ed/langs/en.js" type="text/javascript"> como destructor del arte y situarlo como obra, atribuyéndole argumentos sublimes a algo que pretendía dinamitar lo sublime del arte.
Siguiente error: al establecer que cualquier cosa puede ser arte y que todo el mundo puede ser artista, surgió la devaluación por repetición, la desvalorización por exceso. Todo es arte y todos son artistas, luego, esto no tiene una sola cualidad extraordinaria, entonces no tiene por qué existir un museo para exhibir lo común y corriente. Exigir salas, difusión, precios exorbitantes para algo en que la oferta supera con mucho a la demanda es una contradicción profunda.
Lo que llamaron la democratización del arte, el proceso de despojarlo de su “aura”, es un error más. Relacionar a la democracia –o sea, el hecho de poner algo al alcance de todos– con esto fue la popularización de la mediocridad. Negar el virtuosismo para acercar la realización del arte a todas las personas, incluidas las que no tienen talento creador, no hizo al arte cercano a la gente, lo hizo mediocre. Conectar masas y poca inteligencia no es un favor al arte o al público.
A esta concatenación de despropósitos se unió la imposición de esta estética, al adueñarse del término “arte contemporáneo” para denominar a los objetos y a todas las formas pseudo artísticas que siguen de esta propuesta del ready-made, como instalaciones, videos, efectos sonoros y performances. Lo que se suponía una democratización se convirtió en una tiranía, al imponer que todo lo que implica virtuosismo, talento, trabajo e investigación no es contemporáneo, porque significa tradición. Este error de sacar del círculo contemporáneo a los artistas que hacen sus obras, que son pintores o escultores, convirtió a la propuesta revolucionaria en el status quo, en el arte oficial, y los que antes representaban a las academias ahora son la transgresión, son los outsiders, la verdadera guerrilla creativa. La revolución del urinario se convirtió en dictadura.
Un sólo objeto y su cadena de errores tienen hundido al arte en la más profunda de las depresiones, en la idea de que la falta de talento es una virtud y la repetición sistemática de una idea es una aportación. El siguiente y último error es perpetuar esto, creer que las teorías que sostienen a esta estulticia son leyes, someterse a la prohibición de disentir y continuar presenciando obras banales y fáciles como si fueran valiosas. Los grandes errores de la historia se cometieron por cobardía y por complicidad. Una voz que se levante y diga no es suficiente para destruir estos mitos.
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Saludos.