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Bob Dylan en la carretera
Por Alicia Quiñones
Pocas veces tenemos la costumbre de leer teatro. ¡Muchos dicen que el teatro no es para leerse! Se equivocan. El acto de la lectura de una pieza es igual de intensa que si la estuviéramos viendo. Como dice el comercial: “Compruébelo usted mismo”.
Por todo ello, deseo recomendarle una joya teatral y literaria que escribió uno de los dramaturgos estadunidenses más importantes y versátiles de nuestros tiempos: Sam Shepard (dato curioso: detenido en enero pasado por conducir ebrio y con exceso de velocidad en el centro de Illinois… ¡Estos escritores…!).
Principiamos: 1975. Allen Ginsberg comienza a recitar un pasaje de Shakespeare, el favorito, dice, de Jack Kerouac: “Cómo mi ausencia como un invierno ha sido… ¡qué escalofríos he sentido, qué oscuros días he visto!/ ¡Qué desnudez de antiguo diciembre por todas partes!”.
Bob Dylan suelta unas notas para afinar su guitarra frente a la tumba de Kerouac, mientras Ginsberg, recién terminado el fragmento, improvisa unos versos en honor de su amigo…
A unos pasos está Sam Shepard, quien los mira con cierta curiosidad y va registrando todo lo que huele, mira, siente, incluso sus mismas intromisiones. Lo registra y lo escribe.
Meses antes, el dramaturgo, quien entonces comenzaba a destacar por las obras teatrales que había escrito —más de veinte— y presentado como Red Cross o Chicago y por sus guiones cinematográficos, se encontró con un mensaje: “Le llamó Bob Dylan, favor de reportarse al número…”. Después de un colapso nervioso, regresó la llamada con ese tono cómico y sarcástico que lo ha caracterizado: debía pensar muy bien si aceptaba ser el guionista de la película que realizaría de la gira que se iniciaba al día siguiente: Rolling Thunder Revue.
Shepard se enfiló en ese viaje por el norte de Estados Unidos. La cinta jamás se filmó (el guión se convirtió en un libro de crónicas editado en español por Anagrama: Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, que incluye un poema de Shepard escrito en 2004).
La idea de esa gira, además, era realizar una serie de performances en cada presentación que se habían pensado como una mezcla de happenings y circo ambulante, así que la gente que iba en el transporte se extendía a músicos como Roger McGuinn, Joan Baez, T-Bone Burnett, David Mansfield, los poetas beat amigos de Dylan, pintores que intentarían en cada presentación generar un discurso visual (una especie de poesía en voz alta versión roquera) y, por supuesto, Shepard, quien inmortalizó esta historia en la cual la crónica abarca otras posibilidades escriturales: por medio de pequeñas piezas teatrales, nos cuenta los sueños -los de Dylan-; la aparición de un imitador de Edgar Allan Poe en medio de la gira; describe los hoteles, los camerinos, la locura de los artistas (pocas veces los conciertos), el impacto por la muerte de Pasolini y la detención del boxeador Carter.
Sam Shepard, a quien se considera sucesor de la tradición teatral de Tennesse Williams, en una magnífica crónica cuenta cómo Bob Dylan llegó a hacer un desastre en el estreno de su obra Geografía de un soñador de caballos. En medio de los pesos pesados de la crítica teatral, Dylan comenzó a cuestionar a los actores en plena escena: ¿por qué habían tomado determinada decisión los personajes? ¡No le parecía! Así que se fue del teatro… ¿Un performance planeado entre ellos?
En verdad, un libro exquisito.
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