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“Esa vieja compañera de mil batallas que se han encargado de arrebatarnos”
Por Luis Reséndiz
Hace poco tiempo, una revista publicó “Diez pasos para hacer una película indie”. Curioso resulta notar que, en pleno año 2010, se catalogue y categorice de manera casi canónica a algo que usualmente se solía tener por incatalogable e incategorizable. El indie, término que proviene del inglés independent –de independencia, claro–, era, más que un género musical, una actitud, una postura ante el establishment, una especie de contracultura.
Bandas como los primeros Sonic Youth (antes de que se convirtieran en esos señores que siguen haciendo el mismo disco una y otra vez), Pavement, Pixies, Jane's Addiction, Meat Puppets, los primeros Nirvana –de este lado del charco– y bandas como Echo and The Bunnymen, The Smiths, Blur, Manic Street Preachers o My Bloody Valentine –por el lado del Reino Unido– conformaron en su momento (el período que va de los tardíos setenta hasta principios de los noventa) una subcultura musical que trataba de no pedirle nada a nadie. Amparados todos bajo ese manto que fue el punk y su ideología (con su perenne "Do it yourself"), sentaron los códigos bajo los cuales se regiría durante los años subsecuentes el pop. Jóvenes brillantes todos ellos, supieron recopilar las más disímiles influencias (desde el blues más seco y espeso hasta el pop más tierno y bubblegum) para generar un frente de batalla de lo más auténtico y heterogéneo. Así, apoyados por las radios colegiales y comunales del mundo, por numerosos DJ de mente abierta y por el rumor de boca en boca, los independientes conquistaron al mundo. O no.
Lo cierto es que el aparato cultural se ha encargado, para mal, de domesticar al indie. Primero, al convertirlo en objeto de consumo teenager, despojarlo de cualquier trasfondo y utilizarlo simplemente para sonorizar soundtracks de cintas pretendidamente trendies –desplantes como (500) Days of Summer, Adventureland, Nick and Norah's Infinite Playlist o Juno sirven como preclaro ejemplo de esto. Luego, invasión mediática mediante, ese mismo aparato infló a una retahíla de grupos con pocos puntos en común y los promovió como el último gran advenimiento del rock y no puede resultar más falso. Porque si bien es cierto que las bandas no son las culpables, hay de por medio una inflación de gente como The Killers o los ya desfasados Franz Ferdinand, por citar a algunos, cuyos méritos musicales se opacan al comparárseles con los de sus publicistas. De ese modo, estas bandas suenan en los comerciales de los productos más rampantes y aniquiladores de identidad que puedan imaginarse.
Así, las tiendas de discos aglutinan simplistamente a bandas disímiles bajo el género de alternativo y resulta so cool, man! ir a una tienda y bucear en esa sección, comprar un lanzamiento
que NME haya definido como destinado a observarse en el año y sentirse chid
o. La música, etiquetas de por medio, convertida en un símbolo de status y pedante pretensión. El deber del melómano y el músico informado es devolver la música a quien originalmente le pertenece: la gente.
De este modo, les encargo lo siguiente: aboguen por la música, rólenla a sus conocidos. Organicemos esto, hagamos radios comunitarias. Programen de todo: post punk, rockabilly, jazz, blues. Escuchen música. Graben sus podcasts. Devolvamos la música a la gente. Sólo así, arrebatándole las etiquetas a las disqueras que explotan al artista –y vacían nuestros bolsillos–, con la autogestión como oficio y la auténtica independencia como credo, lograremos tener de nuevo, entre las manos y en los oídos, a esa vieja compañera de mil batallas que se han encargado de arrebatarnos.
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