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El muro de Berlín hoy
Dice el viejo tango que veinte años son nada y, sin embargo, pueden ser una eternidad.
Veinte años se cumplen de la caída del muro de Berlín, ese símbolo ominoso de la Guerra Fría y de un mundo dividido en dos bloques antagónicos que muchos vivimos durante largas décadas.
Las nuevas generaciones prácticamente no conocieron esa realidad internacional, marcada por el difícil equilibrio entre las dos grandes superpotencias, los Estados Unidos y la Unión Soviética, que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial mantuvieron a la humanidad en vilo con sus armamentos atómicos y sus amagos de atacarse y acabar con el planeta.
Hoy esos años parecen un mal sueño. Hoy vivimos una realidad completamente distinta. En 1989, cuando el llamado bloque socialista se derrumbó como un castillo de naipes en Europa oriental, para muchos fue un hecho traumático, tanto que no lo acaban de asimilar o incluso de aceptar. Todos conocemos a personas que siguen aferradas a las supuestas virtudes de los regímenes comunistas y que se niegan a reconocer que en realidad se trataba de gobiernos altamente autoritarios y represores que ejercían un terrible uso del Estado para planificar no sólo la economía sino incluso la vida cotidiana de sus súbditos.
A fines de los ochenta cayó el muro de Berlín y con él la utopía de una sociedad igualitaria que nunca fue tal y que sólo encumbró a burócratas muchas veces sanguinarios, desde Stalin en la URSS hasta Caucescu en Rumania, para sólo mencionar a un par de ellos.
¿Quiere decir esto que en lo que eran los países antes llamados socialistas ahora se vive mejor? No necesariamente. Si bien en naciones como Polonia, Hungría, la República Checa, Bulgaria y otras hoy existen sistemas más o menos democráticos, con elecciones libres, libertad de expresión, libertad de tránsito y otras ventajas de lo que en la Guerra Fría se conocía eufemísticamente como el mundo libre, también es cierto que en algunos casos se han ido a los extremos y se ha instalado ahí un capitalismo literalmente salvaje, con todos sus efectos perversos.
Resulta paradójico que en los países que antes eran al menos en apariencia igualitarios, ahora dominen castas de multimillonarios y se produzcan grandes problemas de desempleo, carestía, inflación, delincuencia, etcétera, más el surgimiento de terribles mafias de narcotraficantes, contrabandistas et al.
La caída del muro de Berlín representa, en el imaginario colectivo, el triunfo de la libertad sobre la opresión, de la razón sobre la fuerza. Sin embargo, no todo es tan en blanco y negro. Hay matices y son matices que nos deberían preocupar.
Hugo García Michel
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