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La espiralidad del rock nunca deja de sorprender. Su evolución, como la de la historia, no es circular, sino que da vueltas sobre sí misma aunque siempre en un plano que se quiere ascendente, si bien muchas veces resulta descendente. Lo anterior viene a cuento por el reciente resurgimiento de ese tipo de bandas que en los años sesenta se conoció como supergrupos, es decir, agrupaciones en las cuales se unían músicos con un prestigio ganado de tiempo atrás, intérpretes sólidos y en muchos casos considerados como estrellas del rock. El de Cream –con Eric Clapton, Jack Bruce y Ginger Baker– es el caso más citado, pero en realidad sería largo enumerar la cantidad de estos llamados supergrupos que ha habido en los últimos cuarenta años. Desde Blind Faith hasta Them Crooked Vultures, por ahí han desfilado nombres como los de Emerson, Lake & Palmer, Crosby, Stills Nash & Young, Derek and the Dominos, Asia, Traveling Wilburys, Temple of the Dog, A Perfect Circle, Velvet Revolver, Heaven and Hell y un largo etcétera. Hoy mismo hay cuando menos cuatro o cinco de estos supergrupos. Si su existencia vale o no la pena lo dicen sus obras, su expresión musical grabada en discos, algunos verdaderos clásicos de la historia del rock y otros francamente prescindibles.
Los supergrupos suelen ser de escasa duración. Factores como la lucha de egos o los diversos compromisos de sus integrantes determinan que no puedan permanecer juntos por largo tiempo. Se trata sin duda de un fenómeno interesante y digno de análisis en todos sus aspectos, pero el principal, la música, es lo que más debe importarnos y en ese sentido, el balance es, a mi modo de ver, bastante bueno.
Hugo García Michel
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