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Rulo, conductor de radio
Por Hugo García Michel
Continuamos esta serie de entrevistas con personajes destacados en diversos ámbitos -no necesariamente el musical- y que por sus posiciones despiertan la irritación y la curiosidad, la pasión y la polémica.
Controvertido, criticado, alabado, vilipendiado, amado y odiado por igual, Rulo David, mejor conocido como Rulo, es un tipo robusto y tranquilo que se pasea por las calles de la colonia Condesa con los audífonos de su iPod conectados a los tímpanos. A pesar de su seriedad que a muchos podría parecer hosca, su trato es cordial y afable. Parece un niñote, a pesar de que frisa los treinta y seis años de edad.
Me encuentro con él una tarde de invierno en una cafetería enfrente del Parque México. Ahí, al calor de un té y un café, empezamos a charlar sobre diversos temas que recoge mi vieja grabadora de reportero.
–¿Cómo llegaste a la radio?
–Fue hace quince años, en Radioactivo, cuando tenía veintiuno. No conocía a nadie ahí. Trabajaba en la revista Eres y me mandaron a la estación para entrevistar a Seal. Ahí me presentaron a José Enríque Fernández y ese mismo día me ofreció trabajar en la radio y yo le dije: “Órale, va”. Pensé que era una oferta como muchas que oyes en esta industria, que se quedan en el aire, y no: a la semana me habló para saber si me seguía interesando y yo le dije que sí. Era para estar en un programa en grupo, coral. Acababa de terminar “La escuelita” por un problema que tuvieron Martín Hernández y Arturo López Gavito y éste renunció. El programa tenía muy buen rating pero había que sustituirlo y así empezó “El mañanero”. Yo no tenía idea de lo que es la radio y al principio nada más fui a hacer bola. Había otros conductores, como Jaime Camil que apenas duró dos meses. Al tercer día –y esta es una imagen muy surreal que me persigue–, el invitado era Radiohead. Fue la primera vez que el grupo vino a México. Tenía en cabina a Thom York… y a Jaime Camil. O sea, yo, nuevo, con tres días al aire… Ya contaba con cierta experiencia en entrevistar bandas para la prensa escrita, pero no es lo mismo hacerlo en radio, porque te exige concentración, fluidez, secuencia. Pero fue una imagen bien rara: Jaime Camil y Radiohead.
–Demasiado delirante…
–Jaime duró muy poco y se fue a la tele. Yo creo que necesitaba más fama de la que el radio le podía brindar y nos quedamos José Enríque y yo. Luego el programa fue sufriendo muchos cambios y transformaciones. Llegó gente como Ricardo Zamora, como El Boy y ya en la última versión de “El mañanero” eramos el Cha –que que en ese momento no estaba en Fobia–, Julio Martínez, Sopitas y yo. Así empecé. Era raro, pero me gustaba. No hice casting y tampoco entré por algún conocido, o sea: el conocido me ofreció trabajo el día que lo conocí. Todo fue como muy extraño. Al final, duré diez años en Radioactivo. Era mi destino acabar trabajando con ese grupo de personas.

–¿Cómo fue que llegaste a Reactor luego de que desapareció Radioactivo?
–La estación cambió de propietario. Estuvimos un año con otros dueños y decidieron poner Reporte 98.5 en lugar de Radioactivo. Yo estaba viendo a qué me dedicaba y en eso en el IMER decidieron hacerle una renovación a Órbita. Al salir Radioactivo del aire, como que los que dirigían a Órbita no supieron capitalizar el hueco que quedó y el IMER, no sé por qué, decidió que esa estación ya no funcionaba. Se dio una coyuntura y José Enríque Fernández fue contratado como director de radiodifusoras. Entonces me dijo: “Oye, tú eres buen programador; vente, vamos a hacer algo nuevo” y así fue como empezó todo. Sugerí que nos jaláramos a Julio y a Sopitas y a un par de colaboradores más, pero muchos de Órbita se quedaron. Luego llegó Marcelo Lara de la televisión pública. Él estaba en Canal Once como gerente y así se armó el equipo de Reactor.
–¿No hubo conflicto con la gente de Órbita que se quedó?
–Es que no tenía por qué haberlo.
–Lo digo porque hubo un cambio, Órbita estaba muy orientado al rock nacional.
–Creo que se trata más que nada de un asunto de percepción. Es muy chistosa la percepción que tiene la gente de algo y lo que en realidad es. El discurso de Órbita era de rock nacional; pero cuando llegué, había unas horas de programación que se llamaban “No break” que eran de pura música en inglés y luego tenían horas de puro rock en español. Como que mantenían separada a la estación en dos mundos: el mundo anglo y el mundo en español. Pero sí ponían muchas canciones en inglés.
–Se dice que cuando ustedes llegaron no querían tocar rock en nuestro idioma. En particular, recuerdo que mucha gente decía: “Es que a Rulo no le gusta el rock en español y por eso no va a tocarlo”.
–Pura mamada. Yo conozco a Café Tacuba hace quince años, llegué a irme de gira con ellos a Europa, o sea, yo estaba con ellos cubriéndola, ¿sabes? También conozco a los de la Maldita Vecindad, porque los iba a ver de chiquito, lo mismo que a Ritmo Peligroso. Sobre todo estoy mu
y familiarizado con una generación de músicos del rock nacional y ellos lo están conmigo. Como que ese rumor, según yo, lo perpetuó gente que tenía relaciones de negocios con la gente que estaba en Órbita. Radioactivo, en efecto, era otra estación y otro proyecto y no había tanta cabida para el rock nacional. Sin embargo, curiosamente, grupos que en Órbita no tenían espacio, en Radioactivo eran de casa. Las Ultrasónicas, por ejemplo, o Plastilina Mosh. Había muchas bandas mexicanas que en Radioactivo sí poníamos. No sé de dónde salió eso que dicen algunos, es una tontería.

–Pero era un rumor persistente.
–Cuando conocí a José Enríque, lo primero que le dije fue: “Güey, no me gusta tu estación porque no pone rock nacional”. En ese tiempo, en Radioactivo la nación no era tan alternativa como después fue. Ponían a The Cure y a… El Círculo. Le decía: “Güey, a los que nos gusta The Cure no nos gusta El Círculo, nos gusta Caifanes”. La gente luego tiene muy mala memoria, pero años más tarde se hizo un gran evento en el que Radioactivo se abrió al rock en español y que yo veo como una pequeña victoria personal. Entonces, ese rumor me parece completamente infundado y luego el otro: “Ahora resulta que a Rulo ya le gusta el rock nacional”.
–¿… y sí te gusta?
–Ahora me gusta menos que antes, quizá. Pero es que a final de cuentas, si es rock de México o de Australia, me vale madres. Se trata de música, simplemente. Además, los músicos nacionales me ven en sus conciertos, en sus camerinos, los entrevisto. Lo que me impresiona es que la gente, más que hacer una investigación, se deja ir por el rumor. Es como si te dejas ir por las declaraciones de los políticos y no ves los números o los hechos. Existe una afición por el rumorcillo y se me hace bien chafa eso. Me decían: “Tú criticabas a Órbita y ahora trabajas en Órbita. A ver, critícala ahora”. A Órbita la sigo criticando. También Radioactivo tenía cosas criticables. Aparte, yo no trabajo en Órbita, o sea, trabajo justo en otra estación que no se llama Órbita sino Reactor, porque Órbita ya había cumplido un ciclo y por eso se quitó. Se tiende a generalizar todo, a ver las cosas en blanco y negro, a prejuzgar.
–¿Cómo surgió “El fin del mundo II”?
–Mi horario siempre ha sido el de la mañana, aunque me cuesta trabajo levantarme, y empecé por hacer un programa que se llamaba “Antisocial”. Los locutores que estábamos en ese entonces, nos repartimos. Los que teníamos más experiencia, en los horarios críticos. Por eso me eché un tiempo en las mañanas. Pero después de unos tres años, acabé exhausto y me salí un rato. Julio se quedó en ese horario para concucir “El fin del mundo”, hasta que un día le dije: “Oye, tengo ganas de hacer el programa contigo”. “Ah, pues órale, vamos a hacerlo juntos”, me contestó, y desde entonces se llama “El fin del mundo II”.
–¿Cómo definirías a la emisión?
–Pues es un programa en el cual estamos dos tipos a quienes sobre todo nos gusta hablar de la actualidad, de música, y nos agrada difundir actividades culturales. De repente, aunque estoy de este lado del micrófono, también asumo un rol de radioescucha y me gusta oír entrevistas con directores de cine o con el director de una revista o con grupos de rock. Pero que sean charlas de más de cinco minutos, porque en los noticiarios el tiempo está muy acotado. Tratamos de abrir espacios para gente que tenga algo que decir, que haya creado algo, que tal vez merezca que la gente por lo menos vea y juzgue si lo que hace vale la pena o no. Tenemos un sentido del humor que a mucha gente le gusta y a mucha no, pero ahí está. Existe esa frase célebre de Alejandro González Iñárritu –que todo el mundo le compra– que dice que “La radio es lo que pasa entre canción y canción”. Yo creo que se equivoca, que parte fundamental de la radio es la música y que justamente la música que estás pasando de algún modo impulsa un discurso, porque no sería lo mismo nuestro discurso si pusiéramos puras de Timbiriche. Creo que la música es la parte fundamental de cualquier estación de radio musical.
–¿Cómo ves a la radio de rock en México?
–Primero habría que compararla con la radio mundial que es una desgracia. Hay muy pocas estaciones de FM en el mundo que valgan la pena. En internet te puedes encontrar maravillas, pero en FM prácticamente no. Hoy no hay más que WFMU, aunque es colegial. En España está Radio 3, pero se quejan de que la hace gente demasiado grande de edad y que es muy monolítica. La FM a nivel mundial es un desastre. En el caso de México, en particular, siempre ha habido estaciones de rock, unas más roqueras, otras con mejor discurso, pero siempre las ha habido: Rock 101, WFM, Código, Óxido, Estéreo Joven, la misma Órbita, Ibero. En AM, Radio Capital, Radio Hits, La Pantera, Radio Alicia… Nosotros somos parte de ese árbol. Pero la radio comercial mexicana, como en todo el mundo, renunció ya a la radio de rock. Sin embargo, creo que en Ibero y Reactor hay dos buenas opciones que están a la altura de cualquier radio del mundo. Aunque somos como una especie en extinción. Vete a saber cuánto tiempo más vaya a querer destinar presupuesto el Estado mexicano a una radio de rock, quién sabe.

–¿Qué piensas sobre la opción que representa la radio por internet?
–Pues hay unas que me gustan, como Radio Global. Pero casi no las oigo. La verdad no conozco, no podría hablar mucho del tema. No obstante, tengamos la esperanza de que ahora que se abran las bandas digitales y que haya que meter estaciones, exista más espacio para nuevas emisoras de rock –y uso rock como un término muy ambiguo. Se van a abrir esas nuevas frecuencias en México, aunque las van a seguir controlando las mismas ocho familias de siempre. Ojalá entiendan que una estación de rock puede ser un buen negocio. Radioactivo era un negociazo. Políticamente a lo mejor no rendía los mismos frutos que Reporte 98.5, pero en números era un negocio redondo. Esperemos que se abran más estaciones de rock y de jazz, como lo fue Jazz FM alguna vez.
–¿Vives de la radio?
–No, yo vivo de escribir en el diario Récord, de hacer un podcasts para Dixo. Antes estaba en la revista R&R. La verdad, varía. Ya ves cómo es la vida del free lance: se caen chambas, salen otras nuevas. Trabajo mucho de DJ que de repente está bien pagado. Si salen cuatro eventos al mes, ya salió para la renta, para el súper, para el agua, para el celular.
–Me decías que el rock que hoy se hace en México te gusta menos que el que se hacía antes…
–Me parece grave que haya grupos que sigan tratando de imitar a los Strokes, banditas que cantan en inglés cuando ni siquiera lo hablan bien y que de pronto sí me dan un poco de pena ajena. Pero hay cosas que me gustan mucho, independientes. Yo creo que en Reactor le hemos hecho un poco de daño al rock nacional –bueno, al rock del DF–, porque cuando empezamos, si oíamos un buen demo o un disco que nos llegaba, lo poníamos. Queríamos de algún modo renovar al rock nacional. Como que no nos gustaba mucho lo que en el 2004 estaba, porque eran grupos medio chafas. Zoé era de lo poco valioso que había. La invasión regia venía acabando, empezaba a surgir Austin que estaba interesante (pero, por ejemplo, a Austin no lo ponían en Órbita; de hecho, estuvieron en el concurso ese de rastreo de bandas y los eliminaron en la primera ronda). Había demasiados grupos de ska genérico, puro chaca chaca y semi grunge y clones de Rage Against the Machine. Entonces empezamos a sacar cosas más raras que nos gustaron, como Porter, María Daniela, las bandas de Happy-Fi, etcétera. Muchos grupos vieron que a lo mejor entrar a una estación de radio que tenía buena audiencia no era tan difícil. Pensaron que bastaba con tener una melodía accesible y ahora hay varios que hacen canciones para que las pongamos, apegados a una fórmulita, y eso es lo que menos nos atrae y al público mismo ya le cansó.
–¿Qué es para ti lo más importante que debe tener un grupo o un solista?
–Imaginación. Que hagan cosas que no están pensadas para la radio, que sean diferentes, incluso raras. En Monterrey, hay una disquera llamada Del Hotel que regala su música y que aloja a bandas en su sitio de internet. Puedes tener ahí tu disco para que lo baje la gente. Te das cuenta de que ellos sí están echando a volar su imaginación. Eso era lo que se sentía en el Distrito Federal cuando empezamos con Reactor. Había libertad creativa. Estaban todos los punks del Alicia y los rockabilis. Nadie ponía, por ejemplo, a los Gatos en la radio, aunque tienen veinte años de estar tocando. Ellos hacían su música sin pensar en ese medio. Incluso Austin: tampoco ellos se pusieron a pensar en la radio. Sin embargo, hoy muchas bandas, sobre todo defeñas, hacen canciones apegadas a una fórmula, con la idea de que se las toquen en la radio.Pero no todo es negro en México: cada vez hay más lugares en dónde tocar, cada vez hay más bandas nuevas y cada año salen dos o tres discos muy buenos.
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