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Por Fedro Carlos Guillén
Ilustración: Axel Rangel
Los desfiles son, por definición, acontecimientos en los cuales un grupo de personas se pone de acuerdo y decide caminar, correr o saltar enfrente de otro grupo de personas que encuentra el asunto muy interesante. Los hay monstruosos, como el de las Rosas, en el que cientos de gringos pazguatos dejan sin flores a la ciudad de Pasadena, para construir unos carrotes que pueden representar a la libertad americana o a Winnie Pooh. Arriba de los carros va gente que saluda y hace cosas que nadie haría en plenitud de facultades, como mecerse en un columpio, simular la extracción de la pirita de una mina (evento en el cual el supuesto minero acaba con llagas en los dedos) o cantar una canción alusiva a la hermandad universal. El desfile va lidereado por un señor al que llaman mariscal, quien invariablemente lleva un gorro ridículo y un bastón que va moviendo para un lado y para otro, en medio de pitazos que indican el momento de la marcha. Lo sorprendente en este caso no es que haya gente que decida emprender tales iniciativas, sino que otros muchos decidan presenciarlo e inclusive lo televisen en cadena mundial, para que aquí, en México, dos locutores que no entienden nada de nada, nos den explicaciones soporíferas a todos los crudos de la fiesta de Año Nuevo.
Otros desfiles son los de moda, mismos que siempre resultan notables. Las modelos o los modelos salen por una pasarela con cara de que traen un full at ass; no sonríen, no estornudan, no se hurgan la nariz. Caminan como si tuvieran una nuez prensada entre las rodillas y traen indumentarias que servirían perfectamente para meter al bote al que las portara en la vía pública. Sin embargo, el evento invariablemente está lleno de curiosos que toman fotografías o de señoras horrorosas, pero muy pudientes, que anotan el modelito que adquirirán y luego saldrán a la calle para que las metan al bote.
Los desfiles en nuestro país son una fuente de misterios inescrutables. Por alguna razón que seguramente tiene que ver con la veda del camarón, se ha tomado la determinación de que el 20 de noviembre celebremos nuestra gesta revolucionaria con un desfile deportivo en el que se dan cita los burócratas enfundados en sus pants recién comprados por la Oficialía Mayor. Los desfilantes -dado su volumen completamente poco deportivo- recuerdan vagamente la figura de un tamal de chipilín y más de uno se colapsa a la mitad de la parada deportiva (¿se le llama parada por parade? Si es así, qué pendejada). Otra característica de este desfile es que se mezcla gente que la vida nunca reuniría, así sea en el infierno. Ahí van los charros montados en caballos que tiran caca para que se derrapen los que vienen atrás. Vienen también los paracaidistas que se suben a un carro alegórico y prueban a tirarse desde dos metros de altura, para rodar después en una machincuepa. Luego aparecen unos perros que deben representar al albergue alpino y los del Pentatlón, quienes van haciendo sentadillas entre estertores cardiacos.
Otra notabilidad se relaciona con las figuras deportivas, a las que trepan en coches convertibles. Algunos son muy conocidos y van con una cara que sugiere reflexiones acerca de cómo el destino los puso en esa negra circunstancia. Otros, la gran mayoría, son ilustres desconocidos que han destacado en actividades deportivas que a nadie le interesan (como el campeón nacional de tenis de mesa o el equipo de slalom en las Olimpiadas de Invierno). Cada que pasan, los asistentes se dan codazos mientras se preguntan: "¿… y ese güey quién es?".
¿Para qué sirven los desfiles? La respuesta puede tener varias derivaciones: para dar de comer a los que fabrican lonches; para usar las barredoras del GDF o para recordar a Emiliano Zapata por medio de una tabla gimnástica. Sin embargo, ninguna de estas razones parece suficiente, por lo que la conclusión desgarradora a la que se puede llegar es que los desfiles no sirven para maldita la cosa. Ni modo.
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Y no por que hay que marchar un chingo de calles y hacer pendejada-y-media en el trayecto(ejem: agitar banderas) y hacer el ridículo ante las demás personas que se ven aun mas ridículas, realmente pendejas, al aplaudir a la bola de weyes que va marchando, y por si fuera poco no falta la mamá que le avienta besos y chingadera-y-media para poner en evidencia a su hijo(hija, no importa el sexo);no, no es por eso que los odio, los odio por que cuando me toco desfilar, uh, los lejanos 90´s, eran a temprana hora del día: levantarte de la cama faltando 10 minutos para la hora programada de salida; chingarme un chocomilk(golazo) en chinguiza para que no se me hiciera mas tarde; irme con el pinche gallo y la cabeza oliendo a limón, y el sobaco también, que para que se me apaleaste el cabello y se baya el mal olor; llegar al lugar de reunión y encontrar a todos bañaditos, almorzados, bien peinados y con una mendiga sonrisa de oreja a oreja por el desfile; aparte de...