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De donas y bimbollos
Por Fedro Carlos Guillén
Ilustración: Axel Rangel
La verdad es que hay anuncios que dejan huella. Recuerdo el de un niño simpaticón, con gorrita de beisbolista, que anunciaba las donas Bimbo. Mientras se tragaba un pedazo escandaloso, le daba un madrazo a otro niño obeso al grito de: “¡Gordo, deja mi dona!”. El albur notabilísimo y la infinita vulgaridad de mis amistades de la época se mezclaron para que a partir de ese momento el comercial de marras quedara improntado en mi cerebro para siempre. El hecho de que yo recuerde una frase que la vida no me dará para utilizar, ilustra nítidamente el éxito del publicista autor del comercial. Lo imagino acodado sobre un restirador lleno de bocetos y donas mientras piensa cosas como: “Para que salgas del limbo, cómete una dona Bimbo”. Después de siete horas de imaginar pendejadas, entra su hijo, un marranazo de noventa kilos con los cachetes deformes por unas enchiladas que viene comiendo, su padre lo observa un momento, se da una palmada, abraza al gordo y se dirige a escribir una frase que no podré olvidar nunca. Eso es la publicidad.
Una de las etapas más siniestras que ha vivido la publicidad nacional la podemos hallar en los anuncios vespertinos del canal 4 de hace diez años. ¿Se acuerda? El número uno en el hit parade de la infamia anunciaba bombas para baño. La escena era la siguiente: una señora se enjabonaba en la regadera cuando de pronto se iba el agua. Entonces la dama exclamaba unas frases incomprensibles que perfectamente se podían interpretar como “¡ah, qué la chingada!”, descorría la cortina, asomaba la cabeza llena de jabón y gritaba: “¡Amooor, conecta la bomba que compramos en Grupo Cerro!”. La imagen cambiaba a una mano que le daba vuelta a una perilla, luego enfocaba la regadera de la que brotaba un torrente de agua, mientras la señora exclamaba: “Ay, qué rico”.
Había otro de una panadería en el cual a una niña de aproximadamente seis años de edad le celebraban su cumpleaños (lo que se infería por los gorritos de los invitados). En el momento culminante, alguien le daba un pastelazo en plena cara a la festejada. La niña iniciaba a berrear mientras todo mundo se reía. En la pantalla
aparecía como colofón la dirección de la panadería, en tanto la infante daba alaridos con el turrón hasta la epiglotis.
El último comercial que quisiera ilustrar es el de un señor que se levantaba de un brinco de la cama, al tiempo que cantaba algo así como “la-ri-ra-la-ri-la” y se trepaba a una bicicleta para hacer ejercicios. Su esposa lo observaba y decía (la cita no es textual): “¡Ay, gordo! ¡Ayer fume y fume y hoy hasta cantas!", frase de la que se podía deducir que el tipo se acostó con un humor de todos los diablos y amaneció tan fresco como un pajarito que cantaba de forma estúpida.
Creo que estos episodios bastan para ejemplificar lo que los televidentes hemos sufrido en los últimos años. Afortunadamente, las cosas han cambiado: algún inve
ntor genial diseñó el control remoto que permite a los usuarios televisivos cambiar de canal cada que se huele un pastelazo o una motobomba en el camino.
Independiente de las consecuencias deletéreas que puede traer consigo a las relaciones matrimoniales, el control remoto se ha convertido en el nuevo aliado de la justicia. Siglos de opresión ante la estupidez se pueden borrar con un simple movimiento del pulgar. Sin embargo, hay signos inquietantes: hace unos días, me encontré con la sorpresa de que el canal 4 (de ingrata memoria) se dedica ahora a las ventas, es decir, los programas son anuncios donde señoras y señores se trepan a bicicletas, muestran joyas, exprimidores de jugos y cuanta madre se imagine usted. Claro, pensé, el tigrillo Azcárraga no se iba a dejar vencer tan fácilmente y nos vuelve a colocar contra la pared.
Antes de que proclamemos nuestra derrota, le sugiero, amigo televidente, un boicot muy simple: póngale un diurex con tinta china a su control en el número cuatro, resista las ganas de ver máquinas escaladoras para gordos y gánele (aunque sea por una vez) al 5540131130
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