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Las apuestas
Por Fedro Carlos Guillén
Ilustración: Axel Rangel
No tengo la menor idea de cómo o en dónde surgieron las apuestas, pero me imagino que la gente decidió que era buena idea obtener pi
ngües beneficios (siempre quise escribir la mamarrachada anterior) a costillas ajenas, en lugar de arrear ladrillos en el lomo. No era mala idea.
Supongo (porque no soy autoridad en esta materia y en ninguna otra) que entonces se diseñaron divertimentos varios, con el fin de que los vividores del mundo hicieran su agosto. Me imagino al caballero Gualterio del Lago Encantado, trepado en un caballo, al ser atravesado como un insecto con una lanzota de miedo, a fin de que su majestad se divirtiera y la reina enjugara unas lágrimas con su pañuelito de miriñaque.
En fechas recientes, esto de las apuestas se ha hecho un asunto complejo. En el imaginario colectivo ha permeado la imagen de un señor con el pelo alborotado y los ojos en blanco que es visitado por los hermanos Puk y Suk, con el noble fin de fracturarle los nudillos por retrasarse en el pago de sus deudas de jugador. De hecho, en este nuestro sacrosanto país existe oposición a que entren los casinos, porque la gente asume (no sé bien cómo) que eso supone la entrada del hijo de Al Capone y no se trata de eso. Sin embargo, las apuestas han tomado un camino menos dramático y actualmente son moneda corriente en muchos lugares del mundo.
La meca de este asunto se encuentra en Las Vegas, probablemente la ciudad más horrible del planeta y que por algún misterio atrae a turbas de visitantes. A mí la idea de visitarla se me antoja tanto como un desayuno con Elba Esther Gordillo, pero el caso es que miles de turistas y jugadores se dedican a recorrerla como fenicios en el mar. La idea es pasarse la tarde dándole como idiota a una manija de la que se espera salgan monedas o sentarse en una mesa y ver cómo el dinero se va. En la noche hay espectáculos francamente mamones, como un volcán que entra en erupción o unos piratas que se atizan espadazos. También hay shows con mujeres que se caen de buenas y conciertos con cantantes aptos para viejitos.
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En la tele tuve alguna vez la oportunidad de ver el Campeonato Mundial de Póker, celebrado en esta ciudad. La facha de los jugadores era simplemente siniestra: había gordos de puro, un señor que se vestía como Lee Van Cleef en El bueno, el malo y el feo y toda una nube de apostadores profesionales con cara de nada. Lo interesante es que en cada manita esos señores se gastaban o cobraban la cantidad equivalente al producto interno bruto de Namibia y lo hacían sin un guiño. Cuando un señor ganaba, recogía las fichas de manera impasible; aunque fui testigo de una excepción, cuando un gordo se pitorreó del perdedor que, muy molesto, le dijo que hiciera favor de no ser mamón.
En México ha crecido como la verdolaga una opción que junta a señores y señoras, a quienes imagino desempleados, y que se pueden pasar dos días seguidos jugando bingo con los ojos inyectados. Hay señores que van a los gallos (uno de los espectáculos más repugnantes posible) y otros que se meten a unos cuartotes llenos de televisiones, para apostar a los espectáculos deportivos que en ese momento se realizan.
Mi experiencia personal es lamentable. He llegado a sospechar que estoy maldito. Basta que apueste a cualquier cosa para que desmadre al equipo o señor elegido. Nunca falla. Hace poco, se celebró la Copa Europea de Naciones y tengo la sospecha de que a España. Francia, Inglaterra y Portugal se los cargó la chingada gracias a mis buenos oficios, ya que aposté por ellos. Si el torneo siguiera, estaría en este momento empeñando un riñón para poder pagar tanta pinche deuda. Lo anterior puede ser científicamente comprobado por mi más reciente apuesta en un América-Pumas, en la que dejé al equipo de Coapa (“equipo de Coapa” es la segunda mamarrachada de este texto) en la lona, gracias a que mi amigo Javier Riojas me provocó. Lo dicho: maldito.
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