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Por José Manuel Aguilera
No deja de ser significativo (cuando no deprimente) que el suceso discográfico de la temporada sean unas grabaciones de hace cuarenta y cinco años, las cuales además ya hemos comprado con anterioridad en tres o cuatro ocasiones.
Me refiero, por supuesto, a los Remasters de The Beatles. Las veces que estas rolas y sus derivados se han puesto a la venta serían, según mi memoria y a menos de que Pepe Návar me desmienta, cuando menos estas:
1. Los álbumes originales en vinil.
2. Las versiones en cassette y 8-track.
3. Las compilaciones Roja (1962-1966) y Azul (1967-1970) de 1973.
4. Las versiones en CD de los ochenta.
5. La Antología en VHS/Beta.
6. La Antología en CD de 1995.
7. La Antología en DVD.
8. La compilación #1 de 2000.
9. La versión Naked de
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;strong>e del 2003.
10. El collage-remix Love, realizado para el Cirque du Soleil en 2006.
11. Los flamantes Remasters del 9/09/09, en mono y en estéreo.

Tanto reciclaje da para pensar. Una conclusión ineludible e
s que no hay grupo alguno -y tal vez ya no lo habrá- con una capacidad de convocatoria global y transge
neracional de la magnitud de la de los Beatles. Su sombra sigue pareciendo gigantesca. En comparación a esto, con qué pena y grisura pasan los remasters de U2
, el que sería el principal grupo masivo de la actualidad (¡hasta son amigos de Jaime Camil!).
Por supuesto, los tiempos son otros y no faltará quien me diga que antes no había facebook. Pero el caso es que aquí están otra vez los Beatles o lo que queda de ellos: esta vez armados con sus impecables remasters. La campaña de lanzamiento (o, más bien, relanzamiento) implica un esfuerzo de simultaneidad global que casi nos hace sentirnos en los sesenta, cuando esas mismas canciones efectivamente se oían en todo el planeta, y nuevamente la archiconocida imagen de cuarteto se encuentra otra vez aquí, allá y en todos lados, como si no hubiera grupos nuevos. ¿Los hay?
Pero los remasters indudablemente representan un plato apetitoso y no sólo para los fundamentalistas. La razón de ello reside en la efectividad del trabajo de remasterización, una labor hasta cierto punto sutil -dado que no se trata de meterse con las pistas originales, sino sólo con el resultado de la mezcla: el master-, pero que puede obrar maravillas o darle en la madre a la más impecable de las grabaciones.

Esto seguramente dará pie a horas y horas de discusión entre melómanos, la gente más clavada del mundo. ¿En verdad vale la pena invertir en los remasters para escuchar en tercer plano un efecto de guitarra que antes estaba en quinto? El mismo Pepe Návar (a quien cito aquí por segunda ocasión) me comentó que, según experimentos realizados por él mismo, si a los CD ochenteros le subes un poco el volumen y le agregas tantitos agudos (no especificó cuánto ni qué frecuencias), suenan igualito que los remasters. Me temo que mis oídos me llevan a disentir de tan respetable opinión. Considero que los remasterizadores de EMI han hecho un trabajo en verdad notable, mismo que por cierto poco tiene que ver con el volumen y sí mucho con la claridad y, en especial, con la definición del bajo.
Este trabajo resulta más evidente y efectivo en los primeros discos. La verdad es que del Revolver para adelante, los discos de los Beatles ya estaban muy cuidados, y por ello no hay diferencias tan sustanciales entre el remaster de por ejemplo, Abbey Road y la versión ochentera en disco compacto.
Pero hay que oír el Please Please Me, de 1963, grabado en un solo día y en el que los Beatles se escuchan más rasposos y alternativos que los White Stripes, pero con bajo, o el With The Beatles, también del 63, que trae una explosiva versión de "Money (That's What I Want)". Ah, qué buenos covers hacían.
Sin duda un placer gourmet y quizá hasta culpígeno, especialmente en medio de esta agobiante crisis (estoy aprendiendo a vivir en crisis), cuando la aparición de los Remasters resulta una verdadera emboscada contra el bolsillo.
Pero si todo esto resulta un atentado, en el país del sospechosísmo sabemos que no hay atentado sin complot. Habrá que recordar entonces la más elemental teoría criminalística, que establece que, para conocer al culpable de un crimen, hay que encontrar primero a quien más se beneficia con el mismo y es indudable que, para empezar, a nivel regalías, el principal beneficiado con los remasters es ni más ni menos que Sir Paul McCartney. A Ringo Starr será poco el efectivo que le toque de tal rubro y los otros dos, por mucho que les corresponda, ya no están en condiciones de disfrutarlo. Coincidentemente, Michael Jackson, el hasta hace poco poseedor de los derechos editoriales del catálogo Lennon-McCartney, acaba de morir en condiciones por demás sospechosas y, aparentente, le regresó a Mccartney, por la vía testamentaria, los derechos del mencionado catálogo.
Desde el punto de vista sonoro, también es McCartney quien aparece como el principal beneficiado con los remasters. Ya a partir del Sgt. Pepper, era claro que Paul era el verdadero solista de los Beatles: su bajo ocupaba, él solito, uno de los preciados cuatro tracks de la cinta de grabación en las sesiones del 67 y en adelante. Pero en los remasters resulta revelador (cuando no aterrador) ver cómo ahora su bajo, desde los primeros discos, ocupaba un lugar preponderante. Los remasters no nos harán revalorar a George Harrison como guitarrista, pero si nos dejan en claro que Paul McCartney fue un súper bajista desde siempre.
Por lo que respecta a la prensa y la percepción pública, resulta curioso el giro que han tomado las cosas. En un reciente artículo vinculado a los remasters, la revista Rolling Stone, esa TV Notas del rock, llena de chismes sentimentales, trae un extenso articulo de portada que promete aclarar el truene de The Beatles. Las historias, como las canciones, son las mismas que conocemos desde hace cuarenta años, las hemos leído tres o cuatro veces. Nomás que ahora están remasterizadas: cambia la perspectiva.

Durante décadas, John Lennon fue no sólo el héroe de la clase trabajadora y el apóstol de una cierta izquierda liberal, sino también fue el fundador de los Beatles y quien vio horrorizado cómo su socio anunciaba la disolución del grupo en 1970. Paul McCartney quedó desde entonces como el beatle fresa, el niño bonito cuya ambición desintegró a la banda. Pero ahora resulta, según la Rolling Stone, que McCartney ¡es el bueno de la película! Que fue él quien estuvo a punto de salvar a los Beatles, cosa que le fue impedida por el oscuro egocentrismo de Lennon y su musa japonesa.
En fin, señoras y señores, saquen ustedes sus conclusiones. Yo no quiero volver a reinterpretar las pistas en torno a la muerte de Paul McCartney esparcidas en la portada del Abbey Road. Tampoco quiero buscar mensajes remasterizados al revés en medio de “Revolution # 9”. Ya lo dijo el propio John Lennon: “the walrus was Paul”. Por mi parte, luego de sangrar mi economía para comprar la colección completa, ahora sólo me conformo con escuchar “I Saw Her Standing There”. Y por cierto: qué chingona está la línea del bajo.
*Por un error totalmente imputable a la Redacción de La Mosca en la Red, el artículo de nuestro amigo y colaborador José Manuel Aguilera había aparecido incompleto. He aquí la versión íntegra y con todo el sentido que el autor quiso darle. Ofrecemos mil disculpas a José Manuel y a nuestros lectores por los inconvenientes que este error les causó.
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No entiendo, si es usted quien escribe el articulo, da los cometarios de los remasters, las fechas y cita los lanzamientos o mejor invite a su amigo Pepe Návar - que nunca en mi vida habia oido hablar de el - a que el escriba el articulo.
Por otro lado no empieza a hablar de algo que cambia en dos segundos a otro tema - que viene al caso U2 y facebook -
Tiene sentido, al final de su "articulo de los remasters" mencionar los rumores de porque se desintegro el grupo?
Si el Rolling Stone norteamericano, es el TVNovelas de la musica, quien es segun Usted, una revista seria, profesional y critica de la musica?