
Por José Manuel Aguilera
Ilustración: Bere & Bere
Cualquiera que visite, aunque sea esporádicamente, las tiendas Mixup o Tower Records no podrá dejar de reparar en la angustiosa y acelerada reducción del espacio reservado a los discos de música, otrora conocidos como compactos. Cual animales en peligro de extinción, los CD se repliegan en rincones cada vez más apartados de estos y otros establecimientos y liberan el preciado espacio para los arrogantes DVD, los Blu-Rays y demás mercancías de promoción.
La recién anunciada clausura de la Virgin Megastore -alguna vez el paraíso de los CD-, ubicada en el corazón mismo de Manhattan, es una señal ineludible del cruel destino que les espera a esos círculos plateados de código digital, la última representación física de la música. No soy un enemigo declarado de la tecnología. Poseo un teléfono celular, tengo mi cuenta de e-mail y paso largas horas frente al monitor de una pantalla de computadora, escribiendo o utilizando programas de música que no existían hace un lustro. Pero tampoco soy de los que creen que la felicidad se oculta dentro de un iPhone y no dejo de darme cuenta de que los mortales somos dirigidos como ovejas hacia las últimas novedades tecnológicas de la manera más descarada. Tampoco tengo, por ahora, cuenta en Facebook.
Inevitablemente, las novedades tecnológicas impactan la manera de presentar y concebir al arte. Sin el invento de la cámara, no existiría la obra de David Lachapelle y ni siquiera la de Manuel Álvarez Bravo. Algo similar podría decirse del cine. En la música, nadie negaría que el invento del los discos de cuarenta y cinco revoluciones por minuto generó la idea de los singles y con ella toda una irreversible explosión de mercado o que la aparición de los LP de acetato propició el concepto del álbum y, con él, la posibilidad de obras musicales de mayor aliento. Quién negaría que el invento del los CD, con su capacidad de almacenar hasta ochenta minutos de música, engendró discos aburridísimos en las últimas décadas o que su posibilidad de ser clonados exactamente, sin degradación alguna entre original y copia, ha dado al traste con la misma industria que nos los impuso hace no más de veinte años.
Pero todos esos inventos, a fin de cuentas, proponían un formato. La red, que es donde radica ahora la música, nos propone lo contrario: un informe vacío virtual en el cual puede haber todo… o nada.
La red, esa inmensa realidad paralela a la que se accede por una pantalla de plasma, está siempre ahí, al alcance de un clic. Podemos navegar en ella, perdernos en sus mapas virtuales o enloquecer ante su oferta desmedida de sitios que se linkean unos con otros. A través de ella, podemos amar a seres nunca vistos o tocados o maldecir desde el más feliz de los anonimatos. Podemos aspirar a la escurridiza fama que ahora se mide por los hits que recibe tu MySpace o podemos, como Juan Pablo II, tener un millón de amigos con quienes nunca nos hemos tomado una chela. Podemos, quizá, quebrarnos la cabeza para ganarle unos centímetros virtuales a ese espacio y poner ahí nuestra música sin formato, nuestras ideas embrionarias, nuestras caricias imaginadas y -en una de esas, ¿por qué no?- hasta podemos encontrar por ahí, volando de nuevo con renovadas alas de virtud virtual, a la mismísima Mosca.
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