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Por el Sr. González
Para las nuevas generaciones mexicanas, asistir a un concierto de rock de talla internacional es común y accesible. Pero no siempre fue así. Hubo una época en la cual el rock estuvo prohibido en nuestro país. Les contaré de una aventura de mi adolescencia que retrata muy bien como se hacían las cosas en el año 1981.
El inicio de la aventura
Mi compañero de universidad, el andaluz Pepe Ayuso, me confirmaba lo que parecía imposible: Queen venía a México. Las autoridades gubernamentales habían permitido la realización de un par de conciertos masivos con la condición de que no fueran en el Distrito Federal. Uno de estos se haría en Puebla, el 17 de octubre de 1981, a tan sólo un par de horas de donde vivíamos. Los boletos se podían conseguir por trescientos pesos en Boletrónico (una especie de antecedente de Ticketmaster). A Pepe no le era fácil comprender por qué el país había padecido prácticamente una década sin conciertos de rock internacionales. Nos apresuramos a comprar nuestros boletos. También se nos unió Amézquita, un poblano y compañero de la universidad que amablemente nos ofreció quedarnos en la casa de sus padres. Llegó el día esperado y nuestro plan era irnos en autobús de linea, a partir de la terminal TAPO. Pero no contábamos conque muchos otros más harían lo mismo. Al llegar a la terminal, las largas colas auguraban malas noticias. Al poco tiempo se agotaron los boletos disponibles, lo que dejó a muchos seguidores del grupo británico sin transporte hacia la Angelópolis. Únicamente nos quedaba dirigirnos a la salida de la ciudad y pedir que alguien nos llevara. Pero apenas salimos de la TAPO, se detuvo frente a nosotros un autobús rentado o raptado —cualquiera de las dos posibilidades era factible— con pintas de Queen en los costados, repleto de fanáticos que nos ofrecieron llevarnos a Puebla por una módica suma. Total, nos encaminamos a la carretera. Las botellas de cerveza volaban por las ventanas y la música sonaba a todo volumen. El desfogue era contagioso. Paramos en Río Frío, en las faldas del Iztacíhuatl para hacer una larga formación de meones —el mexicano nunca desaprovecha la oportunidad de mear en bola. Tras satisfacer esta necesidad primaria, retomamos el camino con la determinación de ver al fin a una de nuestras bandas favoritas en una histórica presentación.
El estadio erróneo
Inicialmente llegamos al estadio equivocado, el Cuauhtémoc, que entonces era un inmueble nuevo y ni siquiera estaba cerca del lugar del concierto. Amezquita se puso a dirigir al chofer por la ciudad de Puebla, la cual puede llegar a ser algo confusa en su traza. Después de subir una pequeña montaña, llegamos finalmente al Estadio Olímpico Zaragoza, nuestro destino. El lugar se destacaba por la desorganización. Ante la ansiedad de miles de jóvenes, quienes cada vez que sonaba algún instrumento en la prueba de sonido dentro del estadio enloquecían, se desataba la histeria colectiva por entrar y no perderse cosa alguna de lo que ahí sucediera. La cuestión fue que a algún imbécil se le ocurrió que todos deberíamos entrar sólo por una puerta, para lo cual ya se había hecho una larguísima fila india que daba la vuelta al estadio. La falta de conocimientos en la organización de conciertos masivos era una de las consecuencias de la década de oscurantismo roquero posterior a Avándaro. Nada parecía haber cambiado desde entonces. Formados en la unifila, hicimos amistad con unos juniors que ya habían sacado ron y nos convidaban. En el mas puro estilo nacional, uno de ellos sobornó a un policía para entrar a través de una puerta lateral por la que pasaban los privilegiados. Como les caímos bien, entramos junto con ellos. Mientras, en la fila ya se organizaban los tradicionales portazos que derivaban en encontronazos con la policía cual campo de batalla.
El desmadre por el desmadre
Una vez adentro, el olor a mota era fuerte y el espíritu desmadroso estaba presente. El gobierno había cedido en darnos un espacio de libertad y los asistentes no estábamos dispuestos a tener límites. El grupo se había vuelto un símbolo y un pretexto para el desmadre por el desmadre, resultado de una cultura joven reprimida por varios años. No había lugares asignados y vimos el comienzo del concierto en las gradas del lado izquierdo. El espectáculo consistía de una gran producción de luces y sonido, como nunca se había visto en México. Decidimos bajar para ver más de cerca y encontramos una buena posición cerca del escenario. Ahí estaban, Freddie Mercury y compañía frente a nosotros, un sueño hecho realidad. La euforia invadió a los asistentes y comenzaron a volar ropa y zapatos, muchos en dirección al escenario, de tal forma que los músicos se veían visiblemente incomodos con la situación. Mercury bromeaba con sus músicos al hacer una analogía del escenario con Chelsea Cobbler, una tienda de zapatos baratos en Londres. El colmo fue cuando Brian May se acercó al publico en pleno solo de guitarra para recibir una bocanada de polvo que lo hizo retroceder. Al parecer, le aventaron una media llena de tierra. Las cosas parecían descontrolarse por momentos, pero el concierto continuó en una muestra de profesionalismo por parte del grupo. Mientras interpretaban “Somebody to Love”, el público de atrás presionó para que nos sentáramos. Si apenas cabíamos parados, resulto imposible hacerlo. Ante la incomodidad que esto representaba, nos fuimos por donde se encontraba la consola de sonido, en la mitad de la cancha, para así escuchar la mítica “Rapsodia Bohemia” en cuyo momento coral se daba un espectáculo de luz y sonido que reventaba con la entrada de la banda en la parte pesada.
You, bunch of tacos!
El concierto terminó con “Another One Bites the Dust”, mientras Mercury portaba un gigantesco sombrero de charro de hule espuma que se movía como extensión de los bailes del front man. Fue como la reconciliación entre artistas y publico, en un evento descontrolado pero lleno de emoción. El escenario, para entonces, parecía una zapatería. Mercury se despidió diciendo: “Thank you for the shoes! Adios, amigous; you, motherfuckers! You, bunch of tacos! Good bye!”. ¿Qué tanto comprenderían los británicos sobre la coyuntura social y política de los jóvenes que tenían al frente? ¿Qué tanto conocían de los años de prohibición del rock y su desarrollo al margen de lo deseable, subterráneo, en la periferia de la gran ciudad? Pepe y yo pasamos la noche en casa de los Amézquita y regresamos en autobús de linea al día siguiente. La mayor parte de los pasajeros había asistido al concierto, así que las grabadoras sonaron con Queen todo el camino de vuelta. Los periódicos poblanos dieron algunas noticias sobre vandalismo en las tiendas del centro, pero no trascendió como en años anteriores, cuando un hecho como éste se volvía un pretexto para perpetuar la satanización del rock. El otro concierto fue en la ciudad de Monterrey y parece ser que se dio en condiciones mas civilizadas. Se sabe, por declaraciones posteriores de los miembros de Queen, que su visita a México les resultó inolvidable. Me da mucha curiosidad saber a qué se referían con lo de inolvidable.
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