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Por Jairo Calixto Albarrán
Una avergonzada confesión: hacia finales de los años sesenta, me gustaban más los Monkees, esos pésimos imitadores de Jerry Lewis, que los Beatles. Un acto sociológicamente explicable pero culturalmente pavoroso, visto a la distancia. Fue después, con una pequeña ayuda de mis amigos —que me sometieron a unos coco wash auténticamente melodramáticos—, cuando pude escapar a mis propias desviaciones auditivas y al síndrome de niño artillero que me acosaba. Fueron tres discos, tres, los que me cambiaron: el Cheap Thrills de Janis Joplin, el Sticky Fingers de los Rolling Stones, y el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles. Sin ellos ahora lloraría con las canciones de Luismi, iría a los conciertos de Maná y creería que Gloria Trevi es la versión posmoderna de la subcomandante Ramona, como tantos intelectuales orgánicos aseguraron durante mucho tiempo.
No podía ser de otra manera. George Harrison, Paul McCartney, Ringo Starr y John Lennon abandonaban su primera etapa más bien complaciente y fresa de “shelovesyouyeye” y “allyouneedislove”, con trajecitos brillosos y corbata anoréxica de “iwanaholdyourhand”, para contraer compromisos con su generación y su tiempo y formar parte de la contracultura, el alucine, la explotación sensorial; para aventurarse en ámbitos antes escasamente explorados, donde alentaban la lírica, el juego, la crónica metafísica, el recuento de sueños y placeres, la recolección de metáforas sobre las imperfecciones temibles del mundo pequeñoburgués, la construcción de espléndidas geografías pobladas de imaginación y la cultura abierta a las manifestaciones locas y exacerbadas del planeta. Musicalmente, los Beatles son un suceso extraordinario, un prodigio de licuados e invenciones en el que estos creadores tienden puentes entre el rock y otra suerte de instrumentaciones aparentemente ajenas, yendo de un lado a otro entre el candor, la pasión y la tragedia, los divertimentos, las provocaciones, las metáforas y las seducciones.
Así, a cuarenta años de la separación del conjunto, La sociedad de los Beatles muertos continúa generando ganancias para la industria del entretenimiento que, a la menor oportunidad, busca la manera de chuparle el jugo a su leyenda. Ahora, para acabar de atracar a los fans, remasterizan los discos del cuarteto de Liverpool y se pone a la venta el videojuego Beatles Rock Band: el derecho virtual de encarnar a la gran banda, donde se reproducen los grandes escenarios del Yankee Stadium, las tocadas en La Caverna, el espíritu feraz de aquella música y la sensación de habitar desde dentro la bitlemanía y su memorabilia para luego sumergirte en una vorágine comercial e interminable.
Conocí a Paul McCartney en la rueda de prensa de su primer concierto en México. Era un hombre que a sus cincuenta y un años se veía tan juvenil y rozagante como cuando salió en el programa de Ed Sullivan. Tan ligero de conciencia y sonriente como en los viejos tiempos en que Los Beatles eran, según Lennon, más famosos que Jesucristo. A Paul parecía no importarle la estatura de los símbolos y las leyendas que representaba. Decía que él no sabía cuál era el futuro de la música, pero lo que sí sabía era que cada generación necesita de un tipo de música, la que sea, para ejercer su derecho a la rebeldía y a la expresión de su problemática personal.
Va. Juguemos a ser Beatles. Pido ser Ringo...
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