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Ábrete Sésamo Street
Por Jairo Calixto Albarrán
Educado por la nana electrónica como miembro de la tercera generación de gringos nacidos en México, crecí cooptado por las enseñanzas de Pepita Gomís, quien ejercía de educadora por medio de la bestia catódica. Ella era nuestra miss oficial y la encargada de enseñarnos que el patio de nuestra casa, como es particular (aunque vivieras en un departamento de interés social), se barre y se lava como los demás, con música de fondo de Cri Crí. Pepita nos demostró que, en efecto, ese oso sí se asea y que mi mamá me mima. Luego sabríamos que, junto con su entonces esposo, el venerable comediante Héctor Suárez, ella mataba a ese oso sin piedad y a puñaladas.
Como sea, ese fue el idílico y sosegado espacio de mis enseñanzas infantiles, con la marcha de las letras y la patita va al mercado con su reboso de bolitas, hasta que mi fiera infancia emigró del kínder público y televisivo a la primera escuela activa en el DF, en calidad prácticamente de conejillo de indias. En aquel laboratorio experimental, donde reinaban el caos, los cabellos largos, la democracia sin adjetivos y la autogestión, uno de los pocos asideros a la realidad educativa lo constituyó Plaza Sésamo. Desde mi televisor de bulbos en blanco y negro, podía encontrar en aquella emisión construida con gajos de realidad a personajes que a la larga se volverían entrañables: Abelardo, Beto y Enrique, el monstruo comegalletas, Archibaldo y la mítica rana René, quien encontraría más tarde su lugar como líder del Show de los Muppets (allí mis favoritos son los dos ruquitos que hacen chistes crudos a costillas del oso Figaredo y compañía).
Esas criaturas, ideadas por el master of puppets, el admirable Jim Henson, nos mostrarían los caminos pedagógicos del abecedario, la aritmética elemental y enseñanzas fundamentales como aquel que al calce decía: “Arriba, abajo, a través” o la exaltada acumulación de clásicos del rock o el jazz para que la niñez supiera que había vida más allá del elenco de Siempre en Domingo. Plaza Sésamo recreaba una cotidianidad de barrio clasemediero que podía ser el de cualquiera de nosotros. Allí te sentías cómodo, seguro, dispuesto a aprender mientras jugabas con la naturaleza feraz de las letras, el sentido lógico de las sumas y restas o la comprensión del proceso narrativo.
Afortunadamente, eran los tiempos de primitivismo de la voracidad corporativa y la mercancía de la marca no atiborraba nuestras existencias como ocurre ahora con nuestros hijos, sepultados bajo toneladas de playeras, juguetes, instrumentos, tazas, vasos, cucharas, pantalones y todo lo inimaginable, no con la figura de Topo Gigio sino de toda la fauna oriunda de Sésamo, incluido Elmo, el nuevo superstar. En lo personal, sigo prefiriendo al gran Archibaldo —que podía ser cualquier cosa—, encargado de ser nuestro sherpa en aquellas escarpadas montañas pedagógicas del espacio tiempo.
Ya luego Plaza Sésamo se pervirtió, al llenarse de estrellitas de telenovela a quienes, después de contemplarlas en escenas clásicas del melodrama ranchero soft porno, las veías convertidas en dudosas educadoras, colmado el set de galanes de ocasión. Hasta Lucerito apareció para dar clases de moral republicana.
Cuarenta años de Plaza Sésamo. Tan cerca y
tan lejos.
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También era muy partícular el efecto que adoptaba la imagen cuando terminaba el programa y pasaban los créditos, la imagen se veía como "solarizada".
Y bueno, una adivinanza "¿Qué es verde, largo y huele a puerco"?
¿No adivinan?
–Fácil: el dedo de la rana René–.