|

Yo no soy esa señora
Por Jairo Calixto Albarrán
Ilustración: Blumpi
Aunque tenemos el alma acostumbrada a los sobresaltos, todavía no perdemos la capacidad de asombro. Cuando creíamos que en materia de videoescándalos ya lo habíamos visto todo con El señor de las ligas, El niño verde chamaqueado, el adicto a los casinos y la larga lista de estrellitas que se han soltado el pelo y el sujetador en un arrebato romántico-narcista-recreativo, apareció lo inesperado y lo imposible: Lucero León, la madre de Lucerito, uno de los personajes más ceñidos al corsé de la moral y lo políticamente correcto y con una estricta relación con la decencia, apareció en situaciones en las que sólo se hubiera uno imaginado a Wanda Seux.
Como siempre, se enarboló el derecho a la intimidad mientras el video acumulaba visitas, como cuando Lucero defendió a su violento guarura a fuerza de altaneros y obsesivos “¿Yyyyyyyyyyy?”, para echar por la borda una vida dedicada a cultivar una imagen prácticamente inmaculada de niña buena. Es lo malo de la realidad, que es capaz de disolver casi cualquier fantasía de la doble moral.
La fascinación desatada fue brutal para un espectáculo tan poco edificante, sobre todo por la sórdida historia que está tras la transmisión de ese video, justo cuando la hija es la imagen publicitaria del presidenciable Enrique Peña Nieto y su idílica relación con Manuel Mijares, El soldado del amor, está al borde del divorcio. Es similar al caso de la esposa del primer ministro de Irlanda, reconocida militante del ultraconservadurismo a través de un ministerio religioso (su homofobia sólo puede ser comparada con la de Esteban Arce, ese humanista), quien fue atrapada con un amante veinteañero al que mantenía con dinero del erario público, cosa que le costó el empleo al marido.
Pero más allá del escarnio, quizás haya algo de envidia en esas imágenes de una mujer pasándoselo bomba, a una edad en la cual la mayoría se ha jubilado de las travesuras y las tentaciones.
El affaire nos dejó grandes lecciones. Lo primero que se recomienda en estos casos es hacer un examen de conciencia y quemar todos esos materiales en video cuyos contenidos podrían considerarse psicológicamente nocivos para la familia, orillando a los hijos a traumas de proporciones bíblicas. Después de la exhibición de las gimnasias hardcore que aparecen milagrosamente en YouTube, encarnadas por la zoología fantástica del glamuroso mundo del espectáculo, nos debe quedar claro que todos aquellos que se graban mientras ejecutan extraños ritos de apareamiento no deberían hacerlo a manera de homenaje a las películas de Alfonso Zayas y Lalo el Mimo.
En el fondo, quienes se pasean delante de una cámara en la intimidad de su despacho esperan secretamente exhibirse en la cartelera pública. Por eso no guardan esos materiales tras una puerta negra cerrada con tres candados, sino que los dejan a disposición de los imprevistos y las manos largas. Eso sí: contra los ex maridos y parejas vengativas, no hay defensa.
“Si lo haces, no lo grabes; si lo grabas, no sobreactúes; si sobreactúas, no grites que no, que no eres una señora de conducta intachable”.
Aún están a tiempo de borrarlo todo. Despierten y borren...
http://twitter.com/jairocalixto
|