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Astroboy o la sociedad de los androides probos
Por Jairo Calixto Albarrán
Ilustración: Blumpi
Mil años después, lo que parecía ser una antigualla irredimible de la manga japonesa en su versión más prehistórica consiguió de alguna manera modernizarse, sin extraviar su espíritu o su estrambótico peinado, no se
sabe si de emo primigenio o de prepunk morigerado. La vieja creación de Osamu Tezuka –que alimentó los sueños futuristas de la primera generación de mexicanos educados por la nana electrónica– renace en una versión pixeleada y ultrasónica del siglo XXI, a través de dos bases fundamentales: una, apelar a la nostalgia de varias generaciones alimentadas emocional y culturalmente por esas historias ataviadas con las seductoras envolturas narrativas e iconográficas del anime oriental; dos, atrapar la voluntad de nuevas generaciones que han degustado con delectación el poder de pokemones, bakugans y avatares.
Quizá la factoría Imagi Productions, la cual tiene como cabeza de playa a la franquicia de las Tortugas Ninja, haya logrado su objetivo. Yo que pensé haber concedido importantes porciones de mis melancolías infantiles a la evocación de Ultramán, Señorita Cometa y las caricaturas de la Warner, me vi conmovido por el olvidado Astroboy que hace años reapareciera intempestivamente, en forma de extraños juguetes vintage, en las cajitas felices de McDonald’s.
Suele sostenerse que la historia del pequeño robot que aspira a tener alma humana es la de una suerte de Pinocho cibernético, quien se abre paso en un mundo manga donde cunde la hiperviolencia encabezada por autómatas que desafían a las leyes impuestas por el viejo Yoda, Issac Asimov. Astroboy, construido para replicar al hijo muerto de un científico desesperado que buscó la manera de revivirlo a partir de un intrincado experimento, es un portento tecnológico y un caos en materia de inteligencia emocional. Es un prepúber inocente y curioso alimentado de chips, quien, a pesar de su naturaleza profiláctica e inoxidable, carece de los valores de la experiencia y padece de incontinencia naïve. Por eso es, como su versión en madera construida por Geppeto, fácil víctima de los traidores y los malintencionados; carece de sentido del engaño y de detectores de la mala leche.
Astroboy, todo ojos, casi se integra a una guerrilla liberadora de robots compuesta por torpes replicantes comunistas que son como una metáfora de tuercas y tornillos de la justicia proletaria. Él vive en un mundo de privilegios a los cuales renuncia para encontrarse a sí mismo. Ya nada tiene en Ciudad Metro, situada sobre una arrogante plataforma sostenida en los cielos como montañas en el planeta Pandora, donde imperan el desarrollo mecanizado y la evolución calculada; en cambio, en tierra firme, primitiva, convertida en cementerio de robots desechados, Astroboy moldea su alma, explora sensaciones y al ritmo echeverrista de ¡arriba y adelante! construye el nuevo prestigio de una sociedad pía de androides probos, al confrontar a las tentaciones militaristas de un aspirante a dictador.
Por eso es presa de toda índole de trampas y resulta capaz de perdonar a su creador, cuando éste no pudo darle amor a su inteligencia artificial. Astroboy no lo supo hasta mucho después, cuando arrojado a las mazmorras de la vida independiente y cuajado de cicatrices existenciales en su disco duro su padre, como Darth Vader a Luke Skywalker, no dudaría en reconocerlo como su creación, misma que era, como decía el slogan metafísico en Blade Runner, más humano que lo humano.
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