
Por José Agustín
El blues siempre apasiona. ¿Quién no ha experimentado ese sentimiento que lo mismo es tristeza, un poco de melancolía, a veces vehículo depresivo, pero también gran ritmo y vida misma?
Aunque en México no hemos producido un término tan inspirado -e inspirador- como blues o saudade, sin duda sabemos de eso, ya que nuestra raíz indígena nos ha hecho introvertidos y lamentadores. Esto se entiende porque los gachupas nos sometieron a putazos y ahora se quejan de que digamos “mande” cuando ellos, los mandones, nos obligaron a hacerlo. Pero los negros lograron expresar su blues a través de una música básica, monocorde y repetitiva que por eso mismo resultó universal. México sabe de blues y por eso aquí nos gusta esa música negra, lamento profundísimo de una raza cuya cultura, como la nuestra, también fue borrada y sometida. Sí, en este país muchos somos negros y sabemos de blues; por eso esta gran música gustó aquí desde que la conocimos, aunque no sabíamos bien cuándo llegó, cómo se difundió, quiénes fueron sus promotores y de qué manera ha evolucionado.
Jorge García Ledesma, fundador y miembro del grupo Follaje, atiende estas cuestiones en El camino triste de una música. El blues en México y otros textos de blues (ver entrevista) que ahora, siempre pendiente de nuestras buenas ondas contraculturales, publica Benjamín Anaya en La Cuadrilla de la Langosta.
García Ledesma ha sido protagonista central del movimiento mexicano del blues, primero como creador y ahora como investigador. Ciertamente tiene la experiencia, los conocimientos y la autoridad para hablar del tema y esta vez lo hace cuando se necesita, pues cubre un vacío y abre un camino imprescindible a otras investigaciones que deberán venir. Aunque ha vivido la experiencia del blues y podría bombardearnos con anécdotas, historias e historietas, el autor prefirió la sobriedad; procuró resaltar el trasfondo y contextualizar, lo cual siempre se agradece. Por eso, en la primera parte del trabajo, Jorge se puso su tacuche azul marino de adusto académico para darnos las definiciones siempre necesarias, las cuales parten de la naturaleza del arte en general y de la cultura popular. Desde el principio, García Ledesma se preocupa por las implicaciones político-sociales del género y al asentar la historia del blues, nunca pierde de vista sus efectos y repercusiones. Su posición es crítica, contestataria, porque el blues ha sido un arma para resistir y oponerse a la cultura dominante. Por eso esta gran música de los negros oprimidos sin duda es un fenómeno contracultural. Primero se dio en los Estados Unidos, pero después abarcó a numerosas regiones del mundo. Queda claro que ahí donde haya explotación, discriminación, racismo y clasismo surge la necesidad de los jodidos para expresarse. El blues, por tanto, es una suma de sentimientos, lamentaciones y denuncias, conscientes o no, de los de abajo. Pero de todo esto hay ya buenos trabajos, y el de García Ledesma cumple al sintetizarlos. Las mayores aportaciones del libro se dan cuando se ocupa del blues en México. Jorge no habla de oídas y lo que dice es de primera mano, ya que ha participado y atestiguado, desde dentro, “el blues del blues”. Suscintamente, enlista y se refiere a los grandes del género en nuestro país, desde Horacio Reni y los hermanos Bátiz, hasta Betsy Peccanins y Real del Catorce. Claro, entre ellos destaca Jorge mismo, ya que su grupo Follaje, a lo largo de sus más de veinte años de vida, ha sido un baluarte esencial del blues mexicano. Por cierto, me gustó mucho encontrar al buen Parménides García Saldaña entre los máximos blueseros nacionales.
El libro se ocupa también de los grandes promotores, como Raúl de la Rosa y sus estupendos festivales de blues que nos trajeron a Muddy Waters, Willie Dixon, B. B. King y John Lee Hooker. Asimismo, recuerda los programas radiofónicos, pocos pero a sus horas, como el de Mario Compañet en Radio UNAM. El libro concluye con una selección de textos que ha escrito García Ledesma. Predominan las crónicas, siempre interesantes, pero también hay ensayos y homenajes. Además, de pilón, para seguir la tradición bluesero-rockera, se cierra con un palomazo de otros autores (Compañet, Luis Eduardo Alcántara, José David Cano o Pablo Espinosa) que nos ofrecen varios textículos sobre blues y no faltan diversas discografías. Como se ve, El camino triste de una música. El blues en México y otros textos de blues es muy variado y, por si fuera poco, se viste con una buena colección de fotografías de los blueseros nacionales.
Me gustó leer a Jorge y sólo en ocasiones lamenté la parquedad y que varios temas apenas se aludan. Pero, bueno, esto es normal y casi inevitable en libros pioneros. Más adelante, el mismo García Ledesma u otros autores, ampliarán y enriquecerán las señas de identidad de esta música maravillosa, rescate emocional infalible, además de gran matriz del jazz y del rock.
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