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Por Margarita Cerviño
A veces uno quisiera ser caníbal, no tanto por el placer de devorar a Fulano o Mengano como por el de vomitarlo.
E.M. Cioran
Total que cuando llego al hogar, aquel veintitantos de marzo, encuentro un documento por demás ponzoñoso: demanda por despido injustificado que yo llevé gachamente a cabo el día 12 de enero del 2009 vs la señora que trabajaba conmigo y que, en ese preciso momento, estaba limpiando la cocina de mi mismísimo hogar.
A ver, ¿cómo? ¿Qué no la despedí en enero y dos meses después la estaba mirando fijamente con mis propios ojitos dentro de la casa de donde fue corrida? Y cuando miré con más detenimiento esa demanda, observé que era contra mí y contra otras siete personas más. ¡Épa!
Como no entendía cosa alguna, le pregunté a la despedida que por qué a mí, que cómo seguía trabajando en mi casita si tenía dos meses de corrida, que porfavorcito me pasara a ilustrar porque no le encontraba sentido a ese asunto legal… y la muy jija sólo me dijo: “Es que usté no le pidió una indemnización a los familiares del muerto”. ¡Ah!, fue por eso…
No es que sea de la incumbencia de ninguno de los presentes o que les importe un cacahuate, pero para qué me quedo con tan original argumento si sé que más de uno estará esperando que se le ocurra un tema original para su clase de creatividá. Ai les va:
En noviembre del 2008, pasaron a matar a un cuate en la colonia fulana de tal y resultó que ese cuate había sido mi vecino hacía al menos cuatro años. ¿Vamos claros? Bueno, pues la ñora que hacía la limpieza en mi hogar dos veces por semana, también chambeaba con el susodicho y cuando él se mudó a la otra colonia, siguió con él.
Pasaron los años…
… y el ex vecino fue encontrado sin vida en su depto de la colonia fulana de tal. Ahí fue cuando la señora ésta que les cuento decidió que como ya no tendría chamba con el difunto, pues qué mejor que demandarme por despido injustificado (¡!) y –nomás para darle realce al caso- también incluyó en la demanda al mismísimo muerto, a los hermanos que no viven en el país y a una inquilina del edificio en donde está mi hogar… que porque le cayó gorda un día que se la encontró en la azotea y que se portó grosera.
La señora, muy elegantemente asesorada, pedía el pago de vacaciones, horas extras, servicios de no sé qué, indemnización por no sé cuál, por lo que la demanda ascendía a tan sólo ciento sesenta mil pesos. Aquel día en el que llegó la demanda, sin dudarlo un segundo mi esposo le pidió a la dama del aseo que dadas las circunstancias legales no era oportuno que continuara trabajando con nosotros, a lo que la lady contestó: “¿Me está corriendo?”. A ver, ¿cómo? ¿No que ya estaba corrida desde enero y por eso la bronca?
Consultamos con unos abogados muy listos en asuntos laborales, mismos que litigaron con especial ineptitud y a los que abandonamos –previa liquidación de sus espléndidos servicios, no fueran a interponer otra demanda-, y luego pedimos asesoría a otra abogada que muy decentemente dijo que vería cómo andaba el asunto y pasaría a comentarnos el punto, antes de anunciar sus honorarios.
¿Verdad que es interesantísimo?
Después de tres meses de pagar abogados chafas, contratar a la otra Lic y tener pesadillas acerca de que la AFI me encerraría por haber dejado sin chamba a una sencilla y honesta persona que trabajaba con un cuate que terminó muerto en su departamento (que ni sé en dónde estaba) y como no le pedí a los familiares (que ni idea de quiénes sean) que le dieran una lana por ya no tener que hacer el aseo en la casa del ahora difunto, terminamos en la H. Junta de Conciliación y Arbitraje.
A esas alturas del asunto, yo seguía sin entender: ¿y yo qué tenía que ver con el fallecido y con un despido injustificado vs la ñora que seguía laborando en mi hogar, después de dos meses de ocurrida la supuesta corrida? Respuesta: nada y una demanda. Gracias.
Pero, ¡oh!, las cosas se podrían haber complicado más, de no ser por las habilidades de la Lic que nos llevó hábil y rápidamente el caso: cuando llegamos al acuerdo de que de los ciento sesenta mil pesos le daríamos sólo cinco y se comenzó a asentar en actas, la Lic apuntó que la ñora se desistía de cualquier asunto relacionado con el caso, así como de cualquier demanda en contra de familiar o persona que viviera en mi hogar y… ¡pácatelas!: el brillante abogado de la malévola señora había montado otra demanda en contra de mi esposo por despido injustificado el día que recibimos la demanda del despido injustificado. A ver, ¿cómo? Puritita realidad virtual paralela o como se llame: o sea que se le había despedido un día de enero y seguía trabajando en marzo y luego fue despedida en marzo por el despido de enero… o algo así. La jueza se partía de la risa, regañó al abogado de la ñora por baboso y malhechote, muchos papeles, pago y hurras a la súper Lic, desistimientos de ambas demandas por falta de inteligencia de la demandante y su leal escudero y tan tán. La ñora se quedó sin la chamba del muerto, sin la de mi hogar, sin lana por encajosa y, más pior: le tuvo que pagar los servicios profesionales a su especialista laboral.
Qué cosa tan estúpida, ¿no? Pues ya no sé… Creo que a partir de esos días he podido sorprenderme menos de las exquisiteces de la política, de las finuras electorales y de la cabalidad judicial. De todo se ¿aprende?
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Saludos a Sergio.