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Me choca mi crisis de los treinta
Por Ricardo Rivera
Efectivamente, en pocos meses celebraré mi cumpleaños número treinta y entraré formalmente a la categoría de “adulto contemporáneo”. Chale.
La neta, no me quedé ni quiero mantenerme en los dulces dieciséis, pero cada vez estoy más cerca de aceptar mi ruquez. He intentado oponerme ante cualquier señal de que mi envejecimiento se haga notorio, sin usar una de las famosas cremas antiarrugas. Sin embargo, en fechas recientes mi actitud posmo ya no reconoce de autoridades o superestructuras que condicionen mis decisiones. Lo de moda (léase emo) me provoca sentimientos profundos de rechazo, acidez estomacal y ganas de mandarlos a la goma. Aun así, lo más gacho es que he derribado a la mayoría (si no es que a todos) mis ídolos: ya no hay bandas que me prendan, no creo en ningún comunicador o medio. En pocas palabras, desaparecen las verdades absolutas y surgen grandes netas desde esta trinchera individual. Pareciera que me convierto a la cualitativez pero ni maiz, me chocan los cualis, me choca sobreponer la experiencia humana a las leyes universales. Me vale lo que piensen los demás. Ante cualquier petición de consejo, aplico la primera máxima del urbanismo y cito: “Está cabrón, pero ahi como tú veas”. Si me piden mi opinión, generalmente trato de confeccionar un argumento devastador que evite la prolongación absurda de un debate que no llevará a lado alguno.
Los principales síntomas de ésta crisis son evidentes: mi Frente Amplia Progresiva (FAP), mis achaques hipocondriacos que terminan en el hospital, el número de veces al día en que me dicen “señor” y la añoranza por mi mundo juvenil que no era tan gacho como el de ahora.
Es cierto que nadie nos enseña los secretos de la vida y que el tiempo es cómplice de la sabiduría. Ahora dedico estas líneas a mi mayor y mejor ejemplo, mi papá, quién supo vivir plenamente y, a pesar del paso del tiempo, siempre tuvo presente disfrutar cada instante como un niño.
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