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(Grupos y músicos destacados egresados de la Academia Musical de la Universidad Invisible)
Las Faltas de Ortografía de Fuensanta
Por el Capitán Pijama
Ilustración: Waldo Matus
Nacionalidad: Terrícolas.
Integrantes: Fuensanta (voz y teclado), El Paquín (teclado.)
Estilo: Noño gore.
Suena como: Betabeles parlanchines en ácido.
Sello discográfico: ¿Perdón?
Fuensanta Ramona Elokuberri Gazmoñárraga (hija de padres originarios de la región de Euskadi, España) nació en el Distrito Federal, en el pueblo de San Gregorio Atlapulco (cerca de Xochimilco), en la segunda mitad del siglo veinte, casi esquina con el veintiuno.
Durante su infancia se destacó por arruinar las fiestas de sus amiguitas, al molestar a los payasos y echarle a perder los trucos al mago. Agarraba mucho más pastel del que le tocaba y luego se vomitaba en la sala o en donde hubiera más gente (si era en un salón de fiestas). Por ello la llamaban Fuensanta La pobrecita, tal
vez porque la gente así suponía poder disminuir la angustia que sentía cuando la niña andaba cerca.
En su adolescencia igual brilló por descomponer las reuniones de sus amistades, al coquetear descaradamente con los novios pubertos de sus amigas. Era la primera en perder el sentido al beber cerveza como vikingo (carezco de una imagen clara de las vikingas) con sed. Cuando “regresaba”, con el consabido “¿dónde estoy?”, le daba por ponerse agresiva y jalaba las cabelleras de sus conocidas (quizá por eso muchas de ellas se hicieron cortes de pelo a la Twiggy -ver en la wakalapedia.com Top models o Anorexicas que se salieron con la suya). Curiosamente, en la secundaria y en la prepa sacó diez en todos las materias (que dizque porque “l@s profesor@s” le tenían miedo).
Sus papás estaban muy orgullosos de su hija (única, en varios sentidos de la palabra) y jamás la reprimieron (o no se atrevieron). La vida de Fuensanta transcurría brutalmente anodina, hasta que un día, en casa de un amiguito (El Paquín) al que se andaba cogiendo porque era muy tímido pero estaba muy bien dotado, escuchó un disco de Bananarama (en esp
ecial la desquició la canción “Venus”) y decidió que quería hacer exactamente eso, pero al revés.
Le pidió a su papá que le comprara un organito Casio (de esos que traían ritmos y autoacompañamiento). Así pues, un domingo por la tarde, su papá le regaló un Casio CZ-101 y le
dijo: “toma’ija, es chiquito, barato y en general está bueno” (eso r
emitió a Fuensanta a pensar en El Paquín).
De inmediato, la chamaca se encerró en su recámara con el teclado y en cosa de dos semanas ya había compuesto media docena de canciones con todo y letra. Aunque Fuensanta (además de disléxica) no podía coordinar muy bien tocar y cantar al mismo tiempo, la función de autoacompañamiento del teclado la ayudó mucho, pero se dio cuenta d
e que más le convenía formar un grupo, como las aplatanadas de “Venus”.
Coincidentemente, por primera vez en su cort
a y atrabancada existencia, se dio cuenta de que no tenía amistades, sino más bien al contrario. Sólo
tenía disponible a su vibrador con patas, El Paquín. Le comentó que debían hacer canciones juntos y tocar en fiestas (en lugar de vomitarse en ellas), para luego hacerse famosos y así poder salir en la tele -la tele de a de veras, esa de los canales que sintonizas con antenas de conejo- y que se oyeran en el (decía “el” no “la”) radio, como en los micros. Dejadote como siempre, El Paquín aceptó.
Entre ambos convencieron a los papás del escuincle para que le compraran su tecladito. Encontraron uno a muy buen precio en internet, un Yamaha PSS-170 que sonaba mucho mejor que el Casio de Fuensanta. Así que, a la mera hora de los ensayos, ella usó el Yamaha y su amigo el Casio.
Las influencias musicales que cargaba Fuensanta eran completamente subconscientes, así que por lo menos tenía la virtud (es un decir) de no querer remedar a nadie y hacer el ridículo en el intento. Sin embargo, El Paquín, como todo buen tímido que se precie de serlo, sí escuchaba música a propósito. Le gustaban grupos como los Ramones, Chico Che (q.e.p.d. y cuyo grupo, visionariamente, se llamaba La Crisis), todo lo de Fey, las canciones de Cri Cri y Stravinsky. Eso sí, ambos coincidían en odiar las canciones de Juan Gabriel, lo cual era alentador.
Con ese batidillo sónico que El Paquín traía en la cabeza y la conducta cada vez más al borde de Fuensanta, sus primeras canciones hubieran hecho las delicias de los analistas más snobs del planeta Tierra. Por un lado, sonaban majestuosamente naïves, pero era indudable que contenían una dosis radiactiva de ignominia y amenaza social. La tarde en que decidieron tocarlas delante de sus progenitores (a fin de cuentas ellos les habían comprado los teclados y se lo merecían), el papá de El Paquín (Don Joselito Gurruchaga) sufrió un ataque del
Síndrome de Odín, el cual consiste en que a quien lo padece se le olvida cómo respirar (de acuerdo a la wakalapedia.com, éste mal se debe a una hipoventilación alveolar central.) Afortunadamente, Fuensanta pensó que el señor se estaba haciendo el payaso para llamar la atención y restarle méritos a la actuación de ella y su hijo y tuvo a bien darle una patada en pecadora sea la parte. Eso provocó que Don Joselito eructara como cocodrilo que se acaba de tragar a un
chivo enterito, pero le salvó la vida.
Interrumpida así la actuación, Fuensanta hizo un pucherito (rompió tres ventanas, dos jarrones, la televisión de la sala, la licuadora, dos sillas del comedor e hizo confeti la foto del día de la boda de sus padres que era como un posterzote en blanco y negro, colocada arriba de un viejo tocadiscos Telefunken) como si estuviera poseída por el espíritu de John Bonham y luego subió a su recámara y azotó la puerta muy, pero muy fuerte. El Paquín corrió tras ella y le suplicó que saliera, porque todavía no tocaban “Corazón de mixiote”, la favorita de él. Fuensanta le respondió a gritos que se fuera mucho a esa misma parte del cuerpo de su amigo que tanto la divertía cada que le bajaba los pantalones.
Los papás de Fuensanta y la mamá de El Paquín comentaron que sería tal vez bueno inscribir a la niña en la Escuela de Policía del Distrito Federal o de plano regalarla a un monasterio en Celaya. Mientras, el papá del muchacho tenía la impresión de que un grupo de ángeles dorados y con sonrisa rarita se le acercaban.
Ninguno de esos planes se aplicó, porque esa noche Fuensanta y El Paquín se escaparon con todo y teclados a Cuernavaca. Pensaban que ahí se les reconocería como los grandes artistas que eran. Una vez, mientras veían una película gabacha protagonizada por un grupo de vaqueras muy canijas, Fuensanta aprendió que para una mujer era fácil recorrer el mundo de aventón, una bonita y antigua tradición prácticamente desaparecida en México quién sabe por qué, y sí, un fulano les dio aventón, pero les dijo que mejor fueran a Tepoztlán, que él tenía una casita allá y que era una zona ideal para jóvenes artistas, porque la región era mágica. Accedieron, pero sin creerse la jalada aquella de que era territorio onda Harry Potter.
Cuando llegaron a Tepoztlán, a Fuensanta se le hizo medio raro que la “casa” del señor fuera conocida como Posada Mi Casa en Tepoz y que al entrar le pidiera a un hombre, tan viejo que parecía ser de color verde chícharo, el cuarto sencillo para El Paquín y la junior suite para él y ella. A Fuensanta aquello no le hizo la menor gracia. Pero de momento nada dijo. El Paquín tampoco pensó algo raro y al ver que su recámara tenía tele, aceptó encantado.
Fuensanta ya sabía de qué iba la cosa y decidió que la situación rodara en su favor. Se hizo la Lolita, entro “emocionada” a la habitación y se tumbó cuan larga era en la camota. El señor (al cuál ni siquiera le habían preguntado cómo se llamaba) prendió la tele y, por pura casualidad (sí, cómo no), sintonizó un canal en el que se transmitía una película de las que Fuensanta clasificaba como puercas, predecibles y sin mayor chiste. Ella no dijo cosa alguna y mañosamente se acostó boca abajo, para sacar más de su precario equilibrio mental y hormonal al viejo canijo, quien evidentemente pensaba en hacerle lo que se hace para tener hijos. La curva exquisitamente convexa que se pronunciaba en la parte inferior de la espalda de la chamaca era más peligrosa que la infame curva de La Pera y cuando el indecente fulano de plano se sentó en la cama y se le acercó como para acariciarla, Fuensanta se dio la vuelta rápidamente y lo ahorcó con sus manos de fina tecladista. Luego rebuscó entre la ropa del occiso la cartera, de donde agarró unos siete mil pesos y dejó en paz las tarjetas de crédito.
Salió del cuarto y fue a buscar a El Paquín. Ella llevaba el Yamaha y le dijo a su amigo que agarrara el Casio. Al salir, le dijeron al vejete de la entrada que no tardaban, que el “señor” se estaba echando una siestecita y que qué lugar les recomendaba como el más especial de por ahí para dar una vueltecita. El muy probablemente excombatiente de las tropas de José María Morelos y Pavón durante el sitio de Cuautla les indicó: “vayan al Bastón, en las faldas del cerro, les va a gustar”. Lo dijo de forma extraña, un poco malintencionada, un mucho tipo sabelotodo.
Llegaron al Bastón, cubierto por un manto de neblina que excitó a Fuensanta y El Paquín tuvo que aliviarle los ardores una vez más. Tras un semi orgasmo, porque El Paquín parecía no ser muy rendidor al aire libre, ella le dijo que deberían ponerse a tocar ahí mismo, total, sus teclados funcionaban con pilas y traían integradas sus bocinitas. Se le ocurrió que el dueto que formaban debía llamarse Las Faltas de Ortografía.
Empezaron por tocar “Barbie de mierda”, una balada ríspida que recordaba un poco a los B-52’s si hubieran sido producidos por el fantasma de Agustín Lara. Cuando empezaron a tocar su cover darqueto de la canción “La vida es una tómbola”, escucharon un extraño zumbido y sintieron como que los oídos se les tapaban, pero siguieron en lo suyo. Se arrancaron con la alegre “Asesinato en una trajinera” y entonces, de repente, hubo como un súbito oscurecimiento, seguido por unos flashazos azulitos.
A los dos, aquello les resultó chistoso. No podían saber que un platillo volador como del tamaño de un mega sope estaba estacionado encima de ellos, a unos cien metros de altura. Tocaron “Merengue veneno” y “A Fuensanta no le baja”. Entonces, lo que sí bajó fue un cilindro de luz plateada que los atrapó y jaló hacia el OVNI.
El interior de aquella nave le pareció a Fuensanta una mezcla de mercado con un circo y lo primero que pensó fue que estaban en el interior de una compañía de discos muy importante o una televisora de mucho renombre.
Se les acercó algo parecido a un hijo de Barney con el Monstruo Come-Galletas. Les dijo algo que sonó a gorgoritos con un fuerte olor a tepache y súbitamente sintieron un breve pero fuerte jalón.
El platillo volador acababa de tomar velocidad de hiperespacio para dirigirse a Rombia, con el fin de explotar a ese talentoso par de terrícolas. Demasiado pronto, demasiado lejos, Las Faltas de Ortografía de Fuensanta serían ¡estrellas entre las estrellas!
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