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Grupos y músicos destacados egresados de la Academia Musical de la Universidad Invisible.
Por Capitán Pijama
Ilustración: Nostragamus
En el estado de Guerrero, en la zona conocida como La Cañada del Zopilote, nació Juan Pablo José Rubiroaga Bienverde, en el año del Señor de 1978. De hecho, el parto produjo gemelos, pero uno de ellos estaba muerto, con muchas magulladuras y moretones, como si adentro del seno materno algo violento hubiera pasado y quizá por ello su mamá, Doña Cecilia Teresa Bienverde ex de Rubiroaga (ni viuda ni divorciada ni madre soltera, simplemente Don Jacinto Rubiroaga un día desapareció sin dejar recado), se quejaba de tantos dolores. Por lo tanto, Juan terminó siendo hijo único, bien consentidote y conflictivo desde muy pequeño.
En la escuela era un desastre, pero sus maestras -quienes pertenecían a la Sección IV Magisterial Atila, del Sindicato de Trabajadores del la Educación Iván Vasíllevich (también conocido como “El Terrible”)- pensaban que en Juancito/Juanchín tenían la semilla de un futuro y muy prometedor agitador, por lo cual lo ayudaron a ir pasando lentamente de año en año, aunque no diera una siquiera en español. Sin embargo, para decepción de sus profesores y su abnegada madre, Juan se largó (como su papá), dejando, él sí, un mensaje que decía exactamente (la mamá me prestó el original, pero no me dejó escanearlo): “Me boi para acerme rico y famoso. Me late eso de las gitarras elektricaz, ya me beran en la tele un dia”.
Así se largó de lo que desde hace añales se conoce como Zumpango del Río, en el hoy estado de Guerrero, pueblo mundialmente conocido por su famosa Cañada del Zopilote.

En la estación del Metro Copilco
Llegó al Distrito Federal en un autobús Flecha Roja (siempre fue temerario) y en un vagón del Metro vio un cartel que publicitaba a una escuela de música llamada Martillo o algo así. Memorizó el teléfono para pedir informes y ver si ahí le aclaraban algo respecto a esas cosas llamadas Do, Re, Mi y quién sabe qué más. Habló a la escuela desde un teléfono público, afuera de la estación Copilco. Le dieron una dirección y se presentó lo más pronto que pudo. Estaba cerca, porque se bajó en dicha estación gracias a la recomendación que le dio uno de los tantos tipos que se subieron a cantar al vagón.
Estamos hablado del año 2005. La explicación de esta fecha es muy sencilla: Juan se fosilizó en la primaria, al repetir muchas veces el mismo grado escolar, en parte porque no entendía nada de nada, en parte porque los rojillos maestros lo estaban “trabajando” (pero no solidificaba plenamente) y en parte porque una trabajadora social le había agarrado (es un decir) mucho afecto.
Cuando entró a las instalaciones de aquél templo del conocimiento musical, Juan no sintió nada, excepto que tenía hambre. Vio a gente joven en diferentes grados de payasez estilística, a una recepcionista que mascaba chicle y de pronto se le acercó un tipo que le tedió la mano y le preguntó en qué le podía a
yudar. Juan le dijo, de forma muy concisa, que lo suyo era tocar la guitarra para hacerse rico y famoso.
Lo pasaron a un saloncito, donde le dieron una guitarra de madera que de inmediato estrelló contra la pared y a gritos les dijo que él quería tocar una de esas muy bonitas, de colores, con un cable y que podían sonar rete fuerte. Oyó la pregunta “¿eléctrica?” y pensó en su casa, en la licuadora, el microondas, la tele, el tostador de pan y simplemente se encogió de hombros. Entonces lo llevaron a otro saloncito, un poco más grande, con las paredes como acolchadas. Lo hicieron sentarse en un banco y le dieron una de esas guitarras que tanto le gustaban (una Fender Stratocaster negra, coreana). Era para derecho, pero él se la acomodó como zurdo, porque así se le daba mejor. El fulano que le dio la guitarra intentó cambiársela de posición y Juan le dio una patada, no muy fuerte, en los güevos. El tipo se fue como encogido y en un par de minutos llegó uno medio amigable, le puso un cable a la guitarra, enchufó el otro extremo en una caja entre negra, grisecita y plateada (un ampli Fender), luego apretó un botón, se prendió una lucecita roja y le dijo, “a ver, tócate algo”… ¡y que se arranca!

Unas tortugas de lujo
Le dio durísimo, pisó unos acordes sacados quién sabe de dónde y que hubieran provocado que los mismos Thurston Moore y Lee Ronaldo (ver Sonic Youth, en la wikipedia.com y en este mismo sitio de internet) le suplicaran para que les diera las recetas de semejantes afinaciones alternativas. Pero como ellos no estaban ahí, terminaron sacando a Juan a la mala de la escuela de música Martillo. No estaba desconcertado o molesto, porque el hambre que sentía era cada vez más canija. De pronto, un greñudo, joven y atolondrado, lo tocó por la espalda y le dijo algo así como: “oyecarnalchidoesoquetocastevamosahacerunabanda…”. Juan le respondió con un gesto que universalmente suele ser reconocido como señal de que urge comer algo. El desconocido le dijo, sin respirar, rapidísimo: “salebatoaquícercahayunastortugasdelujoteinvito”.
A Juan no le gustaba mucho la carne de tortuga, aunque en Guerrero había probado de todo. Prefería la iguana. Aun así, se dejó llevar para descubrir que la susodicha tortuga era más bien una mega tortota que tras devorarla le permitió dejar de ver los puntitos que andaba viendo hacía rato y lo mareado se le quitó.
Para no hacer la historia larga y densa (no se trata de una película de Bergman precisamente), resultó que el ahora amigo de Juan se llamaba Elbeto, tocaba la batería y tenía unos amigos que andaban formando con él un grupo de rock. Invitó a Juan a un ensayo, para ver si se animaba a entrar en la banda. Juan, hasta esos días (luego cambió mucho), era incapaz de decir “no”.

Pildoritas milagrosas
En un sofocante cuarto de azotea, en la colonia Mártires del Crecimiento Urbano, Juan conoció a Espiridión Aguinaldo Vaca El Piri (bajista), Imenacia Nacha Balmori (voz y pandereta), Nicéforo Niky Echeverría (teclados) y Flusicuásico Flu Saldívar (saxofón y violín), quienes junto a Elbeto acababan de formar el grupo Pildoritas Milagrosas, con un estilo todavía indefinido, pero como que quería tirar a una especie de neo-gótico-montañero-punketo (según dijo la Nacha, luego de aspirar algo que había dentro de un frasquito y ponerse chapeadita en un instante).
Juan dijo que mejor tocaran una canción (así dijo: canción) y lo hicieron, una llamada “Matatena mátate a Ana”. Antes de que terminaran, Juan salió como tristón hacia la calle. Aquello no era ni de cerca lo que él soñaba con tocar, esos sonidos que traía dentro de su cabeza, que lo obsesionaban pero no podía definir, esas letras que cambiarían la forma de pensar de la gente (para bien o para mal)… y, además, menos tenía un nombre para esa música que hervía en su imaginación.
Por un momento, pensó irse a la terminal de autobuses y regresar a su terruño, allá entre Iguala y Chilpancingo, y quizá dedicarse al abigeato (otra vez, consulten la Wikipedia, no dispongo de tanto espacio).
Sin embargo, la Nacha salió detrás de él, lo hizo pasar a un callejoncito, lo puso contra la pared y comenzó a hacerle cosas que él había visto en películas puercas pero nunca practicado, porque, a sus veintisiete años, Juan era, sí, virgen. Lo de regresar a la Cañada del Zopilote se le olvidó de inmediato.
Elbeto lo animó entonces a pasar la noche en su depa, con su familia, en la colonia Tzompantli. Cenó huevos con chorizo y atole de vainilla. Durmió plácidamente, sin darse cuenta de que incomodó durante casi toda la noche a la familia de Elbeto con una pedorrera inusitada e interminable, pero que fue sin querer. Tantas emociones en un sólo día.

Un como confeti
A la mañana siguiente, Elbeto lo llevó a las calles de Bolívar y Mesones para comprarle una guitarra eléctrica, baratona; total, con una pedalera de segunda pata podría hacer que sonara tan desgraciadamente infecta como sabía que Juan era capaz de hacer sonar a una guitarra. Por supuesto, aún siendo zurdo, compró una para derecho. Elbeto pagó con una tarjeta de crédito muy bonita.
El primer ensayo no lograba agarrar rumbo ni rumba. Juan empezó a ponerse coloradote y a resoplar raro, como si se le anduviera metiendo el chamuco. Sabia como casi todas las mujeres y mañosa como todas, Nacha sacó de un morral un como confeti con un tigrito dibujado, se lo puso en la punta de la lengua a Juan y en menos de lo que se afina un mariachi la vida de Juan cambió para siempre (otra vez para bien y para mal.) Como cuando en la película El Mago de Oz, la vida de Dorothy pasa del blanco y negro al total color.
Me resulta ocioso el intento de describir el viaje lisérgico que se aventó Juan. Mejor los remito a que vean las pelis The Trip y Altered States para que se den una idea.
A los tres días aterrizó. Muy cambiado. Al grado de que sus compañeritos del grupo le dijeron: “¿Eres tú, Juan?”. El aludido bostezó como un león y de pronto entró en un estado arrebatador, muy testosterónico, de macho Alfa en mal plan y gritó: “¡No, carajo! ¡Soy Juancho y ustedes tragan balas!
Tuvo todavía una especie de desliz de decencia para avisarles que se iba a retirar unos días para componer la nueva música que el grupo tocaría y que, de perdida, en menos de un mes los llevaría a una entrevista en Telehit.

… y Nacha mojó sus pantis
Regresó en menos de un mes. Con un apecto físico tan descuidado que seguramente Rebeca De Alba no le hubiera dedicado ni tantita atención, pero cargado con unas composiciones que cuando se las tocó al grupo, cantando incluso, la banda reaccionó de diferentes formas: Elbeto lloró emocionado, Piri salió iracundo y azotó la puerta, Nicky vomitó poquito (no había cenado ni desayunado), Flu aplaudió entusiasmadísimo y Nacha mojó sus pantis pero no con pipí.
En ese momento nació Juancho y sus Tragabalas, primer grupo de machote rock. El mundo de la música no volvería a ser el mismo, aunque muy poca gente lo notara.
Comenzaron a ensayar (Piri cambió de actitud y regresó al ratito de su dramática salida.) Me parece irrelevante señalar aquí si durante esos ensayos, que terminarían convirtiéndose en el primer álbum de Juancho y sus Tragabalas, el grupo consumía drogas o no. Lo que sí está plena y científicamente confirmado es que comer jícamas con limón y chile piquín no produce estados alterados de conciencia que expandan la creatividad, nada más provoca agruras… y ellos no comieron una sola jícama durante esas sesiones.
Al cabo de unos tres meses de ensayos, en promedio unas diez horas diarias, lograron dominar su nuevo repertorio que incluía las piezas “Reventando cráneos”, “Méndigas viejas” (cabe aclarar que tuvieron que persuadir severamente a Nacha para aceptar esta rola, ella particularmente se oponía a la frase “El hombre descendió del mono, y la mujer descendió mucho más”, usada como coro), “El mundo es mi orinal”, un cover de “La dama y el judicial” (de Valentín Elizalde), “¿Ontá mi chaleco antibalas?”, “El blues del Masca-Nenes”, “A ver, pónte así” (inspirada en la novela de Andréu Martín), “Zopilotito, Zopilotón” (quizá la que prometía tener más potencial comercial), “¡Cállate el hocico!”, “Préstame tu bazooka”, “Tú y cuántos más” y “¡Ya llegó su Juancho!”
El sonido de la banda tenía reminiscencias de José Alfredo Jiménez, Brian Eno violentado, The Crazy World of Arthur Brown (consulta la Wikipedia o bien allmusic.com) y Los Panchos tripeados en mescalina (sin fines religiosos.) Esto daba un resultado sónico que evocaba una mezcla entre los Sex Pistols y Kraftwerk.

Tom se hizo amigo de ellos
El siguiente paso se le ocurrió a Nicky (el cyber-geek), quien abrió, cómo no, un MySpace. De inmediato Tom se hizo amigo de ellos.
Les faltaba, desde luego, un manager. Esto quedó resuelto en pocos días, cuando Juan y Elbeto conocieron en la pulquería Nomás no llores de Tepepan a Medusa, una mujer vividita, con tendencias de amazona (no relacionar con Brasil) y a la que le encantaba el pulque de avena espolvoreado con canela.
Ahí mismo, en ese exquisito lugar de entretenimiento, firmaron un acuerdo en una servilleta con el cual Medusa se haría cargo de promover y hacer muy popular al grupo. Pactaron entusiasmados repartirse las ganancias así: noventa por ciento para ella, seis por ciento para gastos imprevistos, dos por ciento para un fondo de ahorro y el uno por ciento para la banda.
Tambaleantes, Juan y Elbeto salieron de la pulquería para intentar subirse al tren ligero. Medusa se quedó, para pedir uno de apio y mirar con ojos de vaca sedada a un chamaco preparatoriano al que se quería comer en un ratito.
Mientras el grupo ensayaba y afilaba las asperezas de su sonido todos los días, Medusa habló con quienes tenía que hablar, les hizo lo que ya sabía era de rigor y como además le debían un montón de favores (los cuales ahora no es el momento de mencionar), Juancho y sus Tragabalas entraron al estudio para grabar el que sería su primer y único álbum ¡Ábranla que llevo bala! (lo ocurrido en esas tortuosas horas en el estudio lo podrán leer en la biografía del grupo que está por publicarse).

Sencillo y videoclip
El tema “Zopilotito, Zopilotón” fue el que se pensó tocar en la radio para ganarse el gusto de la gran familia mexicana (mucho más canija que la michoacana) y la seleccionada para el videoclip fue “¡Cállate el hocico!”
Como no resultó fácil (más bien fue imposible) que los invitaran a la tele y que tocaran sus rolas en alguna estación de radio (ya no tenían lana para la payolota y Medusa estaba muy “vista” entre los caciques mediáticos), optaron por tocar donde se pudiera.
Planearon la gira Tronadero de chicharrones 2009 y fue así como surgió la leyenda de Juancho y sus Tragabalas. Causaron sensación en ciudades y pueblos por gran parte del estado de Guerrero. La presentación del CD y su primera actuación en vivo tuvo lugar en el hotel Caleta de Acapulco, donde habían conseguido (un intercambio que logró Medusa) usar la terraza sobre el mar, la cual para eventos especiales puede alojar a unas milpersonas. El evento fue un exitazo, el noventa por ciento del público era conocido, en especial gente de Zumpango del Río. Vendieron setenta discos y se dieron cuenta de que les faltaba una canción porque la gente les gritaba “¡otraotraotraotra…!” cuando dejaron de tocar. Por eso compusieron “ Nunca vamos a ganar un Mundial”, la cuale tuvo mucho pegue por el coro que decía “¡Golaaaaazzoooooo!” y el estribillo que rezaba “jugamos como nunca, perdimos como siempre…”
Como un par de Alka-Seltzers echados en un vaso con agua mineral, la popularidad del grupo fue una efervescencia incontenible en la región. A continuación menciono sólo algunos de los sitios cuyos habitantes enloquecieron (algunos ya están en tratamiento psiquiátrico y van bien) tras verlos y oírlos en vivo: Chilpancingo, Xochipala, Apaxtla de Castrejón, Xaltianguis, Cueva del Agua (esa tocada recordó a las presentaciones de Hawkwind en Stonhenge), Ocotillo, El Platanillo, La Venta, Paso Limonero y El Quemado, donde lamentablemente empezó la pesadilla.

Tachas, ron y chilate
Un malentendido: con lo de las entradas, el mentado cover. Medusa se puso muy gallita (ni modo que decir gallina) con el organizador, quien era un jefazo del Crimen Desorganizado en Guerrero (el estado, no la colonia). El decía que habían pagado su entrada dieciocho lugareños cuando, según Medusa, habían sido más de dos mil. La discusión subió de tono al momento en que Juan pasaba por ahí y alcanzó a ver al tipo darle un empujón a Medusa, seguido de un grito de quién sabe qué “pinche vieja”… Juan explotó y eso que no estaba enamorado de ella, pero algo le pasaba con las tachas cuando las mezclaba con chilate con ron (el chilate es típico de la Costa Chica guerrerense) que lo ponían entre meloso y justiciero. Prevaleció en aquél momento lo justiciero y Juan medio mató a golpes al tipo. Cobraron lo correspondiente a las dieciocho entradas y salieron hechos la raya rumbo a la carretera federal 200. Lamentablemente, su transporte no estaba a la altura de las circunstancias.
Medusa había logrado un muy buen descuento en el alquiler de un camión Chevrolet 3500, con motor Vortec V8, cinco velocidades (de las cuales ninguna ayudaba para salir de apuros), con sólo algunas raspaduras, pero ya muy traqueteado y el motor V8 parecía en esos momentos de angustia más bien un V menos 20. Además, el chófer era Flu, el saxo, a quien no le gustaba mucho la velocidad acelerada y menos tras meterse quién sabe qué cantidad de benzodiacepina que tomaba para superar su grave stage fright. Por más que sus compañeros le gritaban, no le pisaba más duro al fierro.
Al pasar el entronque de la carretera federal 200 con la 186, a la altura de Atoyac de Álvarez (la tierra de Lucio Cabañas), oyeron unos como cohetes y abejas que zumbaban pasándoles rapidísimo. El problema fue que no eran cohetes o abejas sino balas. Por el retrovisor, Flu vio que se les aproximaban rápidamente unas camionetas Silverado. Quién sabe cómo, Medusa lo quitó del volante y ella tomó el control del vehículo. Ahora sí, para acelerar a fondo.

Entre granadazo y granadazo
Prosiguió una peliculesca persecución (en momentos como en cámara lenta, pero real, porque esa zona de la sierra guerrerense es retrechera). Sus perseguidores eran gandallas pero brutos (por eso no cuajaban aún como crimen organizado) y eso estaba ayudando a Juancho y sus Tragabalas.
Ceñudo y recio a lo Charles Bronson, Juan sacó de un estuche de teclados un lanzacohetes M136 AT4, de fabricación sueca (la vida es una caja de sorpresas), cuyos proyectiles alcanzan en menos de un segundo doscientos cincuenta metros y perforan blindajes de hasta cuatrocientos milímetros. Abrió fuego y a la primera reventó a una de las Silverado. Nacha se quejó del estruendo pero nadie le hizo caso. La plomiza que les caía comenzó a hacer clink-clank en el camion, cuando Juan volvió a disparar y convirtió en una bola de fuego a otra camioneta enemiga y eso que los jaloneos y curvas cerradas estaban tremendos. Ya nada más quedaba otra unidad tras de ellos, una Cherokee con tumbaburros y faros de halógeno, desde la que empezaron a dispararles con un lanzagranadas M203-A1. Afortunadamente, no era un arma de repetición automática y entre granadazo y granadazo iban librándola, porque los otros tenían muy mala puntería o iban ebrios.
No fue mayor problema para Juan mandarle otro obús a la Cherokee para hacerla volar por los aires. Así, ya nadie los perseguía más.
El triunfo suele subírseles mucho a la cabeza a algunas personas y por eso hacen tonterías. Mientras Nacha besaba puercamente a Juan y los otros integrantes del grupo gritaban eufóricos, Medusa pisó más a fondo el acelerador y tomó rumbo a Tierra Colorada, para tomar la carretera 95 que ya por ahí la conocen como la Autopista del Sol.
El Chevrolet 3500 pareció contagiarse del entusiasmo que reinaba en su interior y puso de su parte, al demostrar que aún le quedaba un segundo aire. Atravezaron Chilpancingo a unos vertiginosos ciento veinte kilómetros por hora. Medusa, quien no veía bien de noche (y a las 4.27 AM sigue estando obscuro en esa zona, aún en horario de verano), vislumbró que se acercaban velozmente a una estructura que primero le pareció como algo muy moderno, luego como algo interesante y al final como algo peligroso y justo en ese momento, asustada, perdió el control al entrar al Puente Mezcala.
El Chevrolet 3500 salió volando, pero como no era avión muy pronto entró en picada para acabar hundido en las prietas aguas del río Mezcala. Como dicen en los noticiarios, “no hubo sobrevivientes” y lo más extraño es que tampoco se recuperó uno sólo de los cuerpos.

Así nacen las leyendas
La hermana de Medusa, Gorgona, tenía una copia de los masters del único disco que lograron grabar Juancho y sus Tragabalas, el ya mencionado ¡Ábranla, que llevo bala! Irónicamente, como suele suceder con el capitalismo necrofílico, el álbum empezó a venderse como pan caliente (es decir, barato, a ciertas horas y en cantidades suficientes para alimentar a cualquier familia, con todo y caprichos). La rola “Zopilotito, Zopilotón” le dio la vuelta al mundo (por un eror de envío de Federal Express). Hoy día, Gorgona y su pareja darketa Morgana viven como reinas de la noche en mero Acapulco, gracias a los dineros que han sabido exprimir de Juancho y sus Tragabalas.
Así pues, jóvenes aspirantes al estrellato roquero, no olviden las palabras de Hunter Thompson: “El negocio de la música es una cruel y superficial trinchera monetaria, un largo pasillo plástico donde ladrones y padrotes se mueven con libertad y los buenos hombres mueren como perros. También tiene su lado negativo”.
www.myspace.com/capitanpijamayasociados
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