|

Por Eusebio Ruvalcaba
Ilustración: Susi Lozano
1) Pensemos en un joven de trece años. Desde que se dirige a la casa de su amigo, el rostro de aquella mujer colma su imaginación. En su aún escaso conocimiento del mundo -y menos de las mujeres (cosa que no se corregirá jamás; nadie conoce bien a una mujer, ni el ginecólogo)-, en su todavía tenue malicia, no tiene idea de si aquello que vio fue una casualidad o algo deliberado. Si aquella vez que de puritita casualidad pasó delante de la recámara matrimonial, cuando su amigo le gritó que estaba en el garaje y hacia allá se dirigía y cuando pasó enfrente de la recámara, vio claramente a la madre de su amigo poniéndose unas deliciosas medias negras. Los dos se asombraron y los dos, señora y chavo, dijeron perdón casi al mismo tiempo. Él siguió su camino con las piernas de ella en sus ojos, con una erección que en su vida había tenido.
2) Esa noche no pudo dormir. Se masturbó y su verga seguía igual de parada. Se masturbó una vez más y otra y aun se durmió con el pito parado. Al día siguiente, lo primero que hizo fue buscar un pretexto para que su amigo lo invitara a casa. Se sintió un poco mal. Pero ni modo. Ese sentimiento de culpa se le pasaría, pero en cambio vería una vez más a la ya mujer de sus sueños.
3) Pero no la vio. Por alguna razón, la madre no estaba en casa. Para él fueron momentos de desilusión y profunda tristeza. Había hecho tantos planes (que simplemente se reducían a sonreírle cuando le diera la mano). Pero, ¿lo estaba evitando deliberadamente? Haberla descubierto semidesnuda, apenas con un brasier diminuto, no era cualquier cosa.
4) El sábado en la tarde se presentó sin que su amigo lo hubiera invitado. Pásale, le dijo ella. Hoy le tocó a Rodrigo irse con su papá, porque te ha contado que estamos divorciados, ¿verdad?, pero no tarda, quince o veinte minutos, algo así. ¿Quieres pasar a su recámara? No, gracias, prefiero esperarlo aquí. Bueno, ayúdame a clasificar mis fotos.
5) Y se sentaron uno enfrente del otro. Cada vez que ella se agachaba para mostrarle una foto, él alcanzaba a distinguir dos pechos grandes y redondos. Sabía que con sólo estirarse podría tocarlos. ¿No te importa si me pinto los labios? No, para nada, Es que siento que estoy muy pálida. Entonces sacó su lipstick y pasó el rojo por aquellos labios que a él le parecían los más hermosos del mundo, mucho más lindos que los de Angelina Jolie. ¿Por qué será que a las muchachas de ahora ya no les gusta usar falda? Se ven tan lindas, ¿no crees? ¿O no te gustan? Contéstame, no te quedes callado como si hubieras visto a un fantasma… (To be continued).
|