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La mamá de mi amigo (III)
Por Eusebio Ruvalcaba
[David no hace más que pensar en la mamá de su amigo Rodrigo. Los dos amigos charlan en la escuela.]
10) Anoche le dije a Julieta si quiere ser mi noviecita santa ?dijo Rodrigo mientras subían la escalera que iba a dar al pasillo de los salones. La escuela estaba a reventar. Si tú supieras…, se dijo David sin dejar de mirar los ojos de Rodrigo. De pronto tuvo la sensación de que estaba haciendo mal. ¿Esto será traicionar la amistad de mi amigo? ¿Será jugarle rudo, en mala onda?, se preguntó. Y por un instante tuvo el impulso de confesar todo, pero se arrepintió de inmediato; era demasiado crudo, demasiado violento, y a lo mejor hasta una golpiza se sacaba, o no, eso sería lo de menos; más le dolería que aquella amistad con Rodrigo se fuera al caño. ¿Qué opinas? Tuve huevos de declarármele a Julieta, ¿no es cierto? Sí, dijo Rodrigo, huevos de verdad.
11) Hola, hijo, ¿ya llegaste?, oyó el grito de la mamá de Rodrigo. Desde la cocina. Espero que no hayas traído a nadie porque estoy hecha una facha. No, mamá, nomás traje a David, pero no te preocupes por él. Es de confianza. Ven, dijo, vamos a mi recámara. Ya tengo el número que me faltaba de Hulk.
12) Sí, claro, pero déjame saludar a tu jefa. Y corrió hasta la cocina. Vio los pies de Rodrigo dirigirse a su recámara, en la parte superior de la casa. Al lado del cuarto de la tv. David entró a la cocina y lo que vio fue a una señora hermosa que se ocupaba en acomodar las cosas de la despensa. Pero no había tal mujer en fachas como de pronto se había imaginado, sino una señora elegante en un camisón azul cielo y no en absurdas y ridículas pantuflas sino en zapatillas de tacón bajo. Y por abajo del camisón se alcanzaba a distinguir un fondo que le llegaba a la mitad del muslo. Hola, vengo a saludarla. Ay, David, no me gusta que me veas así. Qué pena. Te voy a decepcionar. Para nada, señora, no se preocupe. Usted siempre se ve bien bonita. Ay, sí, qué bonita ni qué bonita. Ni siquiera me he puesto perfume. Mira, huele aquí.
13) Y la señora se descubrió ligeramente el escote. Lo suficiente para que David pudiera contemplar a sus anchas más allá, mucho más allá de la mitad de los senos. Acércate, no tengas miedo. Nomás quiero que me digas si no huelen feo. La verga de David estaba a punto de reventar. Dios mío, qué tetas, se dijo. Se acercó muy poco a poco, como si temiera deshacer el encanto. Mira qué grandota la tienes, dijo la señora con su mano en la verga de David. Ay, cómo me encantaría verla y darle un besito de buenos días. Huéleme, ándale. Y la olió. Olió aquellas dos tetas que se le ofrecían como la fuente al sediento. Y sintió que se venía. (To be continued)
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