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La mamá de mi amigo (IV)
Por Eusebio Ruvalcaba
[David está en la casa de Rodrigo saludando a la señora. Rodrigo lo espera en su recámara, en la parte de arriba.]
14) ¡David! ¿Qué estás esperando? Escuchó el grito de Rodrigo. Pero ya entonces las manos de la señora habían bajado la bragueta y tocaban ansiosamente la cabeza de la verga de David. Abajo el pantalón. Sin sacarla. ¡Métemela, métemela ya! ¿Cuándo me la metes? David no se atrevió a responder. Simplemente quitó la mano femenina, se subió el cierre y salió disparado rumbo a la recámara de su amigo.
15) Cuánto hubiera deseado tener el cinismo del Guasón. Pero esa noche no podía conciliar el sueño. Quería masturbarse pero no podía. La verga la tenía hinchada a reventar, pero no se atrevía ni a tocarla. Cada vez que su mano se aprestaba, un estremecimiento lo detenía. Tan agudo que le quemaba la mano. ¿Qué estaba haciendo o, peor, qué estaba a punto de hacer? Había sido educado en principios rígidos. Sus padres eran defensores del conservadurismo a ultranza. Ni su primo Simón, que era a quien se consideraba el más arrojado de la familia por haber embarazado a su novia de diecisiete años, habría sido capaz de una cosa así. Se dijo. No podía quitarse de la mente las tetas de la señora, pero tampoco los ojos de su amigo. Aquella maniobra de la señora jamás en la vida se le podría olvidar. Cuando se le acercó, cuando estuvo a unos milímetros de aquellos pechos, la señora se los sacó. Nunca en su vida había visto nada semejante. Las tetas de una mujer eran lo más maravilloso. Superior a todo lo que conocía. E impregnadas de aquel perfume… Cuando las tuvo a tiro, ella lo tomó de la cabeza y lo atrajo para que untara su cara. Los pechos eran gigantes, los pezones sonrosados. Cuando lo empujó para que los besara, él sintió que se iba a asfixiar entre aquellas tetas enormes. Lamió los pezones, los besó y se retiró bruscamente cuando escuchó el grito de su amigo. ¿Qué tal si hubiera bajado en vez de gritar? Ahorita mismo ya lo sabría. Y quizás hubiera sido mejor así. No estaría padeciendo esa angustia que parecía carcomerlo por dentro. Qué lejos estaban las preocupaciones escolares, reflexionó. Esto era la vida, no chingaderas. Esta preocupación no era en broma ni se remediaba con un buen trabajo para el examen. Sintió que su hombría estaba en juego. Eso, su hombría. Porque si no iba a visitar a la señora, ¿qué pensaría ella? La decepcionaría horrible. De cobarde no lo bajaría. Ya ni siquiera se atrevería a mirarla a los ojos. Pero si iba y sucedía lo que tenía que suceder, qué pasaría con su amigo, independientemente de que se enterara o no. ¡Carajo! ¿Independientemente de que se enterara o no? La cosa se estaba complicando. Porque en el fondo se trataba de una traición… y no había otro modo de llamarlo. (To be continued)
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