Por Eusebio Ruvalcaba
Ilustración: Susi Lozano
1) La gran paradoja de la vida son los hijos. Son lo más amado y la causa del desamor conyugal.
2) Antes de que los hijos sobrevengan, la mujer es el ser amoroso por antonomasia. Tan cariñosa como cachonda, conforma una armonía perfecta con su hombre. Se reparten la vida en partes iguales. Nada les sobra y nada les falta. En la inteligencia de que se trate de una mujer consciente de sus posibilidades, dueña de sí misma en materia económica y cultural, se duerme abrazada a su pareja a la feliz espera del nuevo día.
3) Cuando el primer niño viene al mundo, el cambio radical no se hace esperar. La naturaleza se impone sobre cualquier otro vector. Aquella pareja mira amorosamente al pequeño en su cuna. Nada parece enturbiar aquella dimensión de la felicidad. Hasta la segunda noche, en la que el niño empieza a exigir lo suyo. Esto suena muy gracioso pero no lo es. Acaso el marido se angustia más que la esposa. Es tal el amor paternal que toda su atención se cifra en el vástago. En ese instante nada más alejado de su cabeza que su mujer en aquella deliciosa lencería negra.
4) Naturalmente, al primer hijo sobreviene el segundo y el tercero. Porque así está escrito y porque está bien que así sea. La historia avanza y de pronto en el corazón de aquel hombre el recuerdo de su mujer desnuda paseándose por la casa, sirviéndole un trago, recogiendo cualquier objeto imaginable, lo trastorna. Para él la cama es muy fuerte, lo atrae como fragmentos a su imán. Pero ahora todo está sometido a la norma doméstica. No la puede tocar cuando le apetece. Menos se puede sacar la verga y mostrársela cuando el impulso surge desde sus entrañas mismas.
4) Desde luego que sigue siendo un padre responsable, proveedor, que está ahí cuando debe estar. Pero no ha podido deshacerse de ese adolescente lujurioso que lo despierta por las noches. De ese adolescente que le escurre por todos los dedos y que lo obliga a acariciar a su mujer, a hacerla suya cuando el sueño la posee. Y está a punto de gritar en el momento del orgasmo, pero ella le tapa la boca. ¡Los niños!, exclama. Ni siquiera puede gritar cuando se viene. Quién iba a decirlo.
5) No hay solución posible. Salvo el divorcio: que él se tope con una mujer joven con la cual la ecuación se repita, ley de la vida: calentura, vida en pareja, calentura, hijos, restricciones. Y así hasta que muere.
6) La mujer siempre encuentra el modo de sobrevivir sin abrir las piernas más allá de lo indispensable. Él, en cambio, apenas podrá masturbarse. Siempre y cuando no grite.
Saludos Eusabias