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Por Goyo Cárdenas Jr.
Ilustraciones: Ricardo Sandoval
La muerte suele sobrevalidar a las personas; les hace el gordo favor de embellecerlas, de ennoblecerlas en el recuerdo. La muerte borra o al menos disminuye los defectos y potencia las virtudes, incluso aquellas que resultan inexistentes. Dicen que hay que saber morir a tiempo. No sé si Michael Jackson lo hizo, pero su fallecimiento se convirtió desde el primer segundo en grandilocuente espectáculo, en cursi aguacero de fruslerías, en ridículo torneo de calificativos, en oportunista muestrario de egos, en demencial histeria colectiva y, sobre todo, en un anchuroso y fructífero negocio.
El rey del pop le dicen aquellos que aman las frases hechas y los sobrenombres fáciles. Michael lo nombran quienes tratan de sentirse cercanos a su ídolo, al privarlo de su apellido y tutearlo desde años luz de distancia. Hoy que ha muerto (si no es que todo esto es una farsa armada por él mismo, como han sugerido algunos), Jackson ha sido encumbrado hasta alturas que rayan con lo absurdo y lo grotesco. Hay muchos que lo definen como el más grande músico popular que jamás ha existido, por encima de cualquiera. Su más notoria (que no notable) invención, el pasito del moonwalk, ha sido elevado a rangos tales que superan a los más grandes aportes que ha recibido la humanidad, desde la invención de la rueda hasta el desarrollo de las tecnologías cibernéticas, pasando por la creación de la escritura, el descubrimiento de la penicilina, el arte pictórico renacentista, el impresionismo, la música clásica, el automóvil, etcétera.
Nadie puede decir palabra alguna que cuestione a la genialidad artística de Michael Jackson y mucho menos a su calidad como ser humano generoso e impoluto. Es una vaca sagrada en toda la extension de la palabra y ¡guay de aquel que se atreva a ponerlo en duda!… y sin embargo –para parafrasear a Galileo Galilei- dicha certeza se mueve y se mueve demasiado.

Michael Jackson no fue ese genio que los medios se empeñan en imponernos. Fue tan sólo un negrito bailarín que quiso blanquear su piel y sus orígenes raciales. Que cantaba bien, eso es cierto, como tantos otros vocalistas negros, entre los cuales sobran quienes lo superan históricamente. ¿Acaso puede decirse que Jackson era mejor cantante que Nat King Cole, Otis Redding, Smokey Robinson, Wilson Pickett o Marvin Gaye? Yo respondo enfáticamente que no. ¿Era mejor compositor que Lamont Dozier, Brian Holland o su mentor Quincy Jones (de quien siempre he tenido la sospecha de que era él quien le escribiá las canciones a Jackson)? En cuanto a capacidades individuales, ¿pueden compararse, por ejemplo, los talentos de Michael Jackson y Stevie Wonder? A mi modo de ver, el segundo se lleva de calle al primero y para comprobarlo están los discos de ambos.
Todo lo anterior para hablar únicamente dentro de los parámetros de los músicos de raza negra. Pero, ¿qué pasa si nos abrimos a la música popular en general, incluidos el soul, el funk, el blues, el jazz y el rock? Puedo nombrar a cien músicos infinitamente superiores a Jackson, desde Miles Davis y Willie Dixon, hasta George Gershwin, Cole Porter, Louis Armstrong, John Coltrane, Thelonius Monk, Oliver Nelson, Frank Zappa, Jimi Hendrix, Jimmy Page, Ray Davies, Pete Townshend, Brian Wilson, David Bowie y un larguísimo etcétera que culmina con los Beatles.
Desmitifiquemos a Michael Jackson, bajémoslo de su pedestal y situémoslo en el lugar que le corresponde. ¿Que tiene muy buenas canciones? Pues sí, como las tienen tantos otros en el mundo del pop y el rock. Ya lo que hizo con su vida privada, francamente me tiene sin cuidado.
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