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Por Armando Vega-Gil
Ilustración: Waldo Matus
Los dueños de las disqueras y los capos de la industria de programas para computadora nos hacen creer que el pirateo no sólo es un delito, sino una puñalada trapera a los elementales principios de libertad del ser humano concentrados, claro, en esas piezas clave que explican al mundo de los ricos y poderosos: la mercancía y la propiedad privada, células elementales del capitalista y sus glorias y globalizaciones putrefactas.
Bueno, el pirateo delito es porque está tipificado en los códigos penales y finalmente se pasa por las bolas a los derechos de los autores, esos pobres muertos de hambre que nos partimos la madre al parir obras e ideas que indefectiblemente un méndigo nos las birla para enriquecerse a costa de nuestras flacas costillas.
Así, a muchos nos entra la culpa a la hora de ir al mercadito y comprar las películas de moda o un par de discos MP3 con ciento cuarenta rolas de Los Bukis o Yann Tiersen por el módico precio de veinte varitos, porque se nos hace creer que estamos escamoteando una lana que debía caerle, por derecho inalienable, al autor o al intérprete y pus sí, pero la cosa tampoco es tan así.
Por ejemplo, si una joven banda de rock es atrapada por los tentáculos de una disquera trasnacional, al firmar su contrato, en las letras más chiquitas al final de un confuso legajo que ni el más trucho de los abogados entiende, se lee que los músicos deberán pagar con sus regalías el costo de producción del disco y sólo hasta que se salde la deuda, el artista comenzará a recibir una lanita consistente en el diez por ciento sobre el noventa por ciento de lo que se venda a precio de distribuidor, es decir: por cada disco que en la tienda nos encajan por cien varos, el intérprete recibirá cerca de tres pinches pesos con veinte centavos, ¡claro, después de vender entre mil y tres mil copias de su obra para saldar la deuda que contrae por ser “lanzado” al estrellato! Toda la demás lana se la reparten el dueño de la tienda, el distribuidor y la disquera que en estos tiempos del pirataje se protegen a más no poder y no más perder.
Si al comprar un disco en Mixup, usted cree que le está haciendo justicia al autor o intérprete, permítame contradecirlo. Pero eso no es lo peor, porque los discos que de verdad nos gustan no valen cien pesos, sino ciento cincuenta o doscientos, una lanota si comparamos con el precio real del objeto denominado CD (el soporte plástico vale cincuenta centavos, más un peso la impresión del booklet, más la quemada y los gastos de producción y pagos de derechos de autor, ¿digamos que en total unos veinte pesos yéndonos alto?). Uno se pregunta, ¿por qué son tan caros, si cuando salieron a las tiendas se nos prometía que serían más baratos que los antiguos platotes de vinilo? Pues por la sencilla razón de que usted está pagando las pérdidas que potencialmente generaría cada disco comprado en versión original. En los programas de computadora, por ejemplo, se calcula que de cada CD se harán unas diez copias sin autorización y al que se las endilgan, peso sobre peso, es al consumidor.
En el caso del cine, el pirataje tiene una lógica demoledora. En un país como el nuestro, con ciento dieciséis millones de pelados y peladas, sólo treinta melones pueden pagar los carísimos boletos de las multisalas: un obrero jefe de familia, digamos que con dos hijos, tendría que mutilarse con unos doscientos varos por ir al cinito, sin incluir al pesero de ida y vuelta, más las palomitas, los chescos y alguna otra golosina, porque, so pretexto de las normas de higiene, la familia ya no puede entrar a la sala cargada con agua de limón y palomitas hechas en casa, como cuando éramos niños. Quiere decir que el gasto por entretenerse y entretener a sus bestias domésticas equivaldría a cuatro días de partirse la madre en el remache de piezas de metal. Así que su única salida para no aburrirse y terminar por matar a su familia en un arranque alcohólico es comprar un VCD piratón -que de tan mala calidad lo deja a uno ciego- por el precio de diez pesos y tirarlo a la basura porque no aguanta más de diez puestas en el reproductor de DVD. Mas no se preocupe, pues el pirataje no afecta en lo absoluto a los grandes estudios gringos que se dan por bien servidos con que tres o veinte millones de mexicanos
riquillos o no tan jodidos como la mayoría atasquen las salas; con eso se rayan, además de repartir chido a los distribuidores y a los exhibidores (que se quedan con el sesenta por ciento del precio del boleto); al director y al productor, en el caso de que sean mexicanos, les darán unas cuantas migajitas, razón por cual la industria mexicana se está hundiendo.
En fin, igual usted es como yo y siente ñañaras frente a los piratas; pero la verdad la cosa no es para tanto: si compra un producto bucanero o un clon de mercado negro, no hay delito moral que perseguir, aunque claro, de cada diez pesos que le cuesta el disco pirata, por lo menos el veinte por ciento le toca a los policías y jueces que se hacen de la vista gorda de cara al mercadeo corsario, pues, ya lo sabe, el que paga el pato es siempre usted… ¿o es que yo estoy dando palos de ciego?
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P.D. lap sin acentos.