Los conocí un día antes. Formados en la kilométrica fila del concierto que Bloc Party ofreció en la Alameda Santa Fe, Valentina P. y Michael K. aparecieron de pronto. Hicieron algunos comentarios jocosos sobre la quimérica aparición de Juan Son en el recital (Jansón y el “mmmbop”) y comentaron, de refilón, que ellos también tenían una banda. Así, sin proponérmelo, me encontré fiesteando con un par de extraños.
Al día siguiente, sentados en los sillones de la casa que comparten en medio de lo que parece un bosque perdido dentro del Distrito Federal, escuchábamos música y bebíamos. El tema de conversación se decantaba por la lingüística y otros temas igualmente excitantes.
Súbitamente, su primer disco. No me di cuenta sino hasta la cuarta canción, en la que me confirmaron que se trataba de ellos. Ya sabía –me lo habían dicho la noche anterior– que ella tocaba el bajo, él la guitarra y que ambos cantaban. Que había un tercer miembro: Héctor V., baterista, quien no estaba presente ese día. Que se llamaban Candy, a secas, un nombre pegajoso y coqueto que está a millones de años luz de su música y sus letras.
Con sus propias canciones como soundtrack, me concedieron sin querer una entrevista que se prolongó por horas. Me contaron cómo iniciaron la banda: tres adolescentes en el Colegio Alemán, un accidente en su primera tocada (el vocalista decidió no presentarse y así fue como se repartieron sus partes entre los tres), una búsqueda de disquera por medio de Google, lo que ellos definen como suerte y, súbitamente, un disco perfectamente ensamblado que es indistinguible de una oferta del mejor indie contemporáneo.
Supongo que me hice fan automáticamente. No por el hecho de que los tuviera enfrente y me contaran desparpajadamente una variedad de anécdotas personales, sino porque descubría minuto a minuto que cada canción me gustaba más que la anterior.
–¿Ladytron? –pregunté durante la última canción, “Questions”, una pieza interesante que no cede al crescendo. En cambio, se decide por un cambio abrupto de ritmo que la aparta de cualquier estructura convencional.
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Valentina confesó sentirse cercana a ellos en el sentido en que, dijo, algunas melodías le parecían extrañamente familiares, como si ella misma pudiera haberlas creado. Además, el elemento obvio: la voz femenina fría, casi robótica, desprovista de ardor innecesario.
–Siempre, la pregunta más obvia: ¿por qué en inglés? –dijo Michael, resignado.
Contesté que en realidad, según creo, la pregunta es: ¿por qué no en inglés?
En su caso, de ascendencia alemana y hasta peruana, Valentina y Michael usan dicho idioma como un conducto natural para sus letras: la hipocondría de “Painkiller” –el primer sencillo–, la infidelidad cuasi-adolescente en “Mumbai Fever” y el encuentro entre decadente y excitante de “Party with a Stranger”.
No es casualidad que el disco haya sido producido en el estudio SixSixSix (propiedad de Diego Aguirre y Micky Huidobro), con el padrinazgo de la disquera Diablito Records, porque todo lo que se desliza alrededor de Candy sugiere fiesta, pero también desolación, como la belleza que se inyecta heroína en el baño de un antro. Así, al menos, lo sugiere la unión de pasajes evocados en sus letras con la música. Sabes que vas a bailar con los ritmos indefinibles de sus canciones (para tal caso, bromea Michael, podrían etiquetarse como agressive-pop-new-wave-punk-garage-industrial), pero también tienes la seguridad de que al día siguiente despertarás con cruda moral y física y eso es lo que te seduce de todo.
El primer disco de Candy (Stranger), diez canciones pulidas por Jason Carmer (The Donnas, Billy Idol) y Joe LaPorta (The Lodge, NYC), se abrevia con una palabra: adictivo. Un producto, si así quiere vérsele, impecable y maduro, con la calidad musical de cualquier bandita neoyorquina/inglesa que, en estos momentos, está salvando a la música. Para tal caso, en México ya tenemos nuevos héroes: tres extraños que nos quieren llevar de fiesta.
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